Cómo influyeron mi madre y mi abuela en mi vocación

Mi nombre es José Francisco Palacios, soy argentino y tengo veintisiete años, soy religioso del Instituto Miles Christi. Actualmente me encuentro cursando el bachillerato de teología en la Pontificia Universidad de la Santa Croce, en la Ciudad de Roma.

La historia de mi encuentro con Cristo y con la vocación religiosa y sacerdotal comenzó hace más o menos diez años. Digamos que mi vida de adolescente no andaba muy bien encaminada desde el punto de vista de la fe, hasta que irrumpió el Señor de manera un tanto asombrosa.

Podría hablarse de un primer momento en mi vocación, que sería por el mes de junio de 2009, yo me encontraba en la Ciudad de La Plata, Buenos Aires. Me había cambiado de escuela hacia muy poco tiempo. Sentía como un torbellino interior, estaba turbado y no sabía la razón. Además, Dios me había dado la gracia de quitarme el gusto por todos los divertimentos y disipaciones que hasta ese momento me venían “llenando”. Pero, la realidad es que los sentimientos iban y venían, se contraponían, era una turbación constante.

Gracias a mi madre

Hasta el momento no había nada de extraordinario. Pero un día, mi madre me pidió que la acompañara a una iglesia, yo la acompañé a regañadientes, pero una vez allí me animé e intenté rezar unos instantes. Mientras estaba rezando frente al Santísimo, tuve mi primer pensamiento sobre la vocación, fue fugaz y como si se hubiera insertado de la nada en mi mente. La frase era: “debes ser sacerdote”. Yo, que hasta el momento tenía una pobre formación religiosa y una vida muy desordenada, no pude más que extrañarme y rechazar ese pensamiento.

Lo curioso o, mejor dicho, lo providencial fue que al salir de la capilla del Santísimo Sacramento y ver que mi madre seguía rezando, me decidí a preguntarle a Dios ¿Cómo era eso de que yo debía ser sacerdote? Me arrodille en la nave central del templo, y le pedí a Dios me diera una señal, para mostrarme que no era un pensamiento mío o una equivocación. Y, a decir verdad, me quedé pasmado cuando al terminar el pedido en mi mente, unas señoras que rezaban en grupo, pocos bancos más adelante, comenzaron a rezar una oración por las vocaciones. En el momento sentí miedo y quedé aturdido; me fui inmediatamente de la iglesia.

Durante el mes de julio empecé a ir a misa los domingos, y durante la Santa Misa también tenía esta idea que me asaltaba de repente, sobre todo, antes y durante la consagración; y luego en la comunión. Se me representaba en la imaginación a mí mismo como si fuera ya sacerdote, revestido con ornamentos y elevando la Sagrada Hostia. Como era de suponerse, comencé a rechazar con más fuerza esta idea que era muy extraña a la vida que llevaba y a las cosas que me atraían en ese momento de mi vida.

Hechos providenciales 

A pesar de mi esfuerzo por desechar estos pensamientos, ocurrieron otros hechos providenciales que confirmaban la voluntad de Dios.

Por ejemplo, estando en la Parroquia San Antonio de Padua con mi abuela, tras haberme confesado y esperándola a ella que se confesara, volví a pedirle a Dios me clarificara estos pensamientos que comenzaban a inquietarme. Nuevamente como en el pasado, un grupo de señoras mayores que se hallaba en el templo comenzó una oración por las vocaciones y en la que de modo especial pedían por los jóvenes indecisos o dubitativos.  ¡No lo podía creer!

Unos meses más tarde, estando en la Misa dominical, seguía yo con mis dudas y turbación habitual girando en torno a este tema. Y como si fuera poco todo lo anterior, Dios me dio otra señal para sanar mi incredulidad. Un muchacho joven que desde siempre había sido acólito de esa parroquia, se estaba por ordenar de sacerdote. Este seminarista, ya diácono, dio un discurso a cerca de la vocación especialmente dirigido los jóvenes que sienten el llamado, para que no tengan miedo de seguirlo. Quedé, una vez más, muy sorprendido. Pero mi temor no me abandonaba, y yo no me decidía.

Por el mes de octubre comencé a trabajar en una panadería que mi hermano tenía y por algunos problemas había tenido que cerrar. Me encargué de reabrirla para ayudar a mi hermano con el alquiler del local y para hacerme de un dinero. Resulta que esta decisión de abrir la panadería, que en un principio fue movida por la vanidad y orgullo que sentía al “ser comerciante, con 17 años”, me llevó al punto inicial y capital en mi conversión. “Donde abundo el pecado, sobreabundó la gracia”.

Comencé a leer la vida de San Juan Bosco 

En el negocio tenía mucho tiempo libre y el aburrimiento se me hacía insoportable, pero lo hacía algo más tolerable el escuchar la radio. Mi hermano había dejado una pequeña radio que al poco tiempo se rompió sin solución. Al pasar dos o tres días interminables, me propuse conseguir otra y llevé un minicomponente que tenía en mi casa. Al pasar unos pocos días dejó de funcionar también ese. Un poco airado por mi “mala suerte” intenté arreglarlo de todas las maneras posibles, pero no hubo caso, me quedé sin radio. Para el quinto día no soportaba la inacción y el aburrimiento, entonces me dispuse a leer (cosa que no hacía ni siquiera por obligación, para la escuela), y le pedí a mi mamá un libro. Providencialmente por mi casa estaba dando vueltas un libro de la vida de San Juan Bosco, y mi madre me lo trajo.

Al ver que el libro era de un santo y un tanto antiguo, me decepcioné completamente. Con desgano lo comencé a leer, y al ir avanzando se me hacía cada vez más llevadero, para cuando me quise dar cuenta ya iba por la mitad del libro. Esta fórmula de lectura espiritual-tiempo libre me sirvió mucho para reflexionar acerca de vivencias que me confirmaban en la fe y, sobre todo, de la incoherencia que había entre mi “creer en Dios, y ser católico” y la vida que llevaba.

El ejemplo del Santo me motivó a cambiar mis malas costumbres y practicar las virtudes cristianas. Sin embargo, se me hacía muy difícil puesto que no tenía mucha fuerza de voluntad.

Charlando con mi familia sobre estos pensamientos y “cosas raras” que me sucedían, mi hermana mayor me dijo que debía hablar con un sacerdote. Ella hacía algún tiempo que conocía algunos padres del Instituto Miles Christi. Me comentó que ellos se dedicaban a la dirección espiritual de modo especial y que con la duda que me acosaba, yo más que nadie, tenía que comenzarla cuanto antes. Esto fue por el mes de diciembre del 2009.

Así fue que me acerqué a un centro universitario perteneciente a la Congregación para verme con uno de los padres que hacía allí de capellán. El primer día de dirección espiritual me sentía algo incómodo, lo mismo me pasó en los primeros tiempos de estar en este Centro universitario, era un ambiente muy distinto al que solía frecuentar y a pesar de que sabía que era bueno para mi alma, tenía que hacerme mucha violencia. El sacerdote le dio poca importancia al tema de la vocación o, mejor dicho, eso es lo que me pareció a mí en ese momento, y más bien se dedicó a encaminarme alentándome a que sea fiel a un plan de vida espiritual.

Comencé a tener un tiempo de oración todos los días, y a leer un libro de la vida de San Francisco Xavier.

Ejercicios espirituales 

Pero sin lugar a dudas, la piedra de toque que terminó definitivamente con mi huida de la vocación fueron los Ejercicios Espirituales. Mi hermana me explicó que el Instituto Miles Christi se dedicaba especialmente a predicar los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola intentando darlos en toda su pureza. Así que, por invitación e insistencia suya los hice a principios de 2010.

Por unos incidentes ocurridos el día del inicio, los comencé algo distraído y preocupado. Pero mientras estaba en estos pensamientos recibí una gracia que me hizo tranquilizar, y al instante dije para mí: “no me voy a preocupar por nada, tengo que aprovechar este retiro”.

Fueron muchas y muy grandes las gracias que recibí en la confesión, a mitad del retiro. Al volver a mi habitación no podía contener las lágrimas, y nuevamente como me había ocurrido en la primera confesión hecha durante mi estancia en la panadería, pero con mayor fuerza, me sentí impulsado a mudar de vida y de costumbres. Este fue el punto de inflexión y el momento en el cual me determiné totalmente a seguir la vocación sacerdotal y religiosa, que luego de un discernimiento más profundo resultó ser en el Instituto Miles Christi.

Gracias a los benefactores de CARF 

Hasta aquí, la narración de mi conversión y hallazgo de mi vocación. Y dado que me extendí bastante en esta primera parte, intentaré contar brevemente cómo siguió mi vida luego de estos acontecimientos hasta el día de hoy.

Para finales de octubre del 2010 entré como aspirante de la Congregación en la Casa de Formación San José de Luján, en la ciudad de Luján, provincia de Buenos Aires. En 2011 comencé formalmente los estudios humanísticos y filosóficos en el Filosofado Santo Tomás de Aquino, en la misma casa, y allí estuve hasta el 2014. Luego tuve un período de apostolado en un centro universitario de la Congregación en la ciudad de La Plata. Realicé el noviciado, de nuevo en San José de Luján, y el 29 de julio de 2018 hice mis primeros votos religiosos. A los pocos días, por voluntad de mis superiores me trasladé a la comunidad de Bracciano, provincia de Roma, Italia, para comenzar mis estudios teológicos. La intención de mis superiores es que pueda recibir una formación teológica y cultural sólida, viviendo estos años en la Ciudad Eterna, con todo lo que eso comporta para la formación de un aspirante al sacerdocio, y asistiendo a las clases en la Universidad de la Santa Croce, también gracias a la ayuda que recibimos por el CARF, Centro Académico Romano Fundación.

Esta fue, aunque contada de manera sucinta, la historia de mi encuentro con Jesucristo y el hallazgo de mi vocación y los pasos dados hasta el momento actual como estudiante en Roma.