Aprendí a vivir la dulzura y exigencia de la Santa Misa

Me llamo Eduard Óliver, y soy novicio en el Monasterio de Leyre, en Navarra. Nací en Barcelona y allí me crie, hasta que al terminar el colegio empecé a plantearme seriamente mi vocación sacerdotal. Tuve la gracia de poder ir a Pamplona y vivir en el Colegio Mayor Albaizar.

Allí, a la vez que estudiaba Derecho y Teología, pude crecer en cercanía con el Señor y discernir con prudencia y determinación la llamada de Dios acompañado de otros chicos en circunstancias parecidas.

En 2014 la comunidad de monjes de la Abadía de San Salvador de Leyre celebró unas vísperas como acción de gracias por la Beatificación de D. Álvaro del Portillo, que había acudido varias veces a rezar allí, solo y acompañando a San Josemaría, a los pies de Nuestra Señora de Leyre, Madre de la Providencia. Asistir a ese oficio de vísperas fue para mí un momento de gracia extraordinaria que me llevó a definir mi vocación, dejarlo todo y entrar en el monasterio.

Siento un profundo agradecimiento por los años que viví en el Colegio Mayor Albaizar y no creo ser capaz de comprender cuan decisivos fueron para mí.

Los monjes nos reunimos siete veces al día para celebrar la Santa Misa y para cantar el Oficio Divino, y consagramos varias horas al día a la oración personal en la soledad de la celda, del claustro o de una capilla; pero ya en Albaizar aprendí a ser constante en la oración y a saber vivir su dulzura y su exigencia.

La jornada del monje benedictino transcurre marcada por el ora et labora, pues como nos dice la San Benito en su Regla: “entonces serán verdaderamente monjes si viven del trabajo de sus manos”. En Albaizar me habían enseñado a santificarme con mi trabajo y a santificar a los demás con mi trabajo.

Los monjes hacemos voto de estabilidad con el que nos comprometemos a permanecer toda la vida en la misma comunidad y con las mismas personas y esto implica una vida de familia muy intensa con los hermanos; yo había aprendido ya de un modo muy especial el espíritu de familia, la fraternidad y la caridad en las cosas pequeñas.

Finalmente me siento muy agradecido por haber podido conocer tantos sacerdotes y haber hecho tantos amigos que han entrado en el seminario y con la gracia de Dios se convertirán en sus ministros el día de mañana. Les encomiendo vivamente pues mi apostolado es sencillamente pedirle a Dios silenciosamente que haga fecundo el apostolado de todos ellos.