Antonia y con la puerta en las narices

Antonia y con la puerta en las narices

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Un joven amigo, hijo de unos padres amigos y nieto de unos abuelos que eran amigos, me cuenta el siguiente relato, que él ha querido escribir.

La dignidad de tener 84 años y más

Se puso mal, mi abuela Antonia, durante la pandemia del coronavirus. Con muchas dificultades para respirar, la llevaron los sanitarios en una ambulancia al hospital.

En urgencias y después de una considerable espera, le dieron con las puertas en las narices y la mandaron a casa con la prescripción de dosis de morfina hasta que ya no respirara más.

¿Cuál fue la razón que alegaron en el hospital para justificar tal comportamiento?

Miren ustedes -dijo sin escrúpulos la enfermera-, tiene 84 años y ya le ha llegado el momento de la muerte. No tenemos sitio para ella. Son órdenes.

Me gustaba, de vez en cuando, irrumpir en la habitación de mi abuela Antonia para pasar un agradable rato con ella. A veces era un ir a visitarla, porque la pobre ¡estará más aburrida que un león enjaulado!. Esto me hacía considerarme grande por haber realizado un acto grande y me gustaba esa sensación.

Otras veces era para cerciorarme de que no todo el mundo me incomprendía. Después de la rabieta de comprobar que ni mis padres, ni mis hermanos y hermanas, me entendían, mi abuela Antonia siempre me hacía ver que ella sí me entendía y siempre terminaba diciendo: «Déjales, hijo, que, entre nosotros, yo tampoco les entiendo a ellos muy bien. Si quieres, rezamos el rosario a La Virgen, que Ella siempre nos comprende.»

Repetíamos un avemaría tras otro y era tal mi sentimiento al comprobar que yo no era el único víctima de la incomprensión de los demás, que entonces a mi abuela le desaparecían las arrugas de la vejez y yo la veía como un ángel lleno de sabiduría.

Ella no era una Antonia más, aunque en aquel hospital la consideraran como una más de las Antonias. Era especial, pues llevaba en su expresión y en su conversación la riqueza de 84 años de dignidad, con su especial, única e irrepetible personalidad.

Era un lugar en el mundo, donde todos sabíamos que allí la encontraríamos. Arrebujada en las sábanas y mantas de su cama; o en su butaca, mirando por la ventana de su habitación y siempre con el rosario en la mano rezando por los demás.

Ahora, cuando voy a su habitación para verla de modo inconsciente por la inercia, ya no está.

Don Juan José Corazón Corazón
Doctor en Derecho Canónico
Doctor en Derecho
Profesor de Sagrada Escritura

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