Misterios Gozosos del Santo Rosario

Misterios Gozosos del Santo Rosario

4 min
Son pieza fundamental de la oración del Santo Rosario. Los Misterios Gozosos se rezan los lunes y los sábados y son la primera de las cuatro series de cinco misterios que conforman el Rosario. Los Misterios Gozosos tratan la Encarnación y la infancia de Jesús. También se rezan, los Misterios Luminosos de la vida pública de Cristo, los Misterios Dolorosos de la Pasión de nuestro Señor y los Misterios Gloriosos de los sucesos ocurridos a partir de la Resurrección.

«El rezo del Santo Rosario, con la consideración de los misterios, la repetición del Padrenuestro y del Avemaría, las alabanzas a la Beatísima Trinidad y la constante invocación a la Madre de Dios,
es un continuo acto de fe, de esperanza y de amor, de adoración y reparación.»
Josemaría Escrivá de Balaguer,

 

En el primero de los Misterios Gozosos recordamos La Encarnación

En el primero de los Misterios Gozosos recordamos La Anunciación a la Virgen María y la Encarnación del Verbo.

«Al sexto mes el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; el nombre de la virgen era María» (Lc 1,26-27).
El Ángel le saluda: “Alégrate, llena de gracia: el Señor es contigo.”

María icono de la fe obediente

Dice Benedicto XVI » En el saludo que el ángel dirige a la Virgen, encuentra en ella una actitud de confianza, también para los momentos difíciles; una capacidad de considerar los sucesos a la luz de la fe; una humildad que sabe escuchar y responder a Dios con entrega. Con ello, señala el Papa, se reafirma el motivo del alegrarse de María: “La alegría proviene de la gracia, es decir de la comunión con Dios, de tener una conexión tan vital con Él, de ser morada del Espíritu Santo, totalmente plasmada por la acción de Dios

María se entrega con plena confianza a la palabra que le anuncia el mensajero de Dios y se convierte en modelo y madre de todos los creyentes.” La fe es, pues, confianza, pero también implica cierto grado de oscuridad. María se abre totalmente a Dios, logra aceptar el querer divino, aunque sea misterioso, aunque con frecuencia no corresponda al propio querer y sea una espada que atraviesa el alma”

Señala Benedicto XVI, «María entra en un íntimo diálogo con la Palabra de Dios que le ha sido anunciada; no la considera superficialmente, sino que se detiene, la deja penetrar en su mente y en su corazón para comprender lo que el Señor quiere de ella, el sentido del anuncio.

En el segundo de los Misterios Gozosos recordamos La Visitación de Nuestra Señora a su prima Santa Isabel

«En aquellos días María se puso en camino y fue aprisa a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo; y exclamando a voz en grito, dijo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno»» (Lc 1, 39-42)

María ejemplo de amor y humildad

La humildad de María, dice san Bernardo, es el fundamento y guardián de todas las virtudes. Y con razón, porque sin humildad no es posible ninguna virtud en el alma. Todas las virtudes se esfuman si desaparece la humildad. Por el contrario, decía san Francisco de Sales, Dios es tan amigo de la humildad que acude enseguida allí donde la ve.

Papa Francisco rezando el Santo Rosario

En el tercero de los Misterios Gozosos recordamos El Nacimiento del Hijo de Dios en Belén.

«Sucedió que por aquellos días salió un edicto de César Augusto ordenando que se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento tuvo lugar siendo Cirino gobernador de Siria. Iban todos a empadronarse, cada uno a su ciudad. Subió también José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y familia de David, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, se le cumplieron los días del alumbramiento, y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento» (Lc 2,1-7).

«Jesús nació en la humildad de un establo, de una familia pobre (cf. Lc 2, 6-7); aquellos sencillos pastores son los primeros testigos del acontecimiento. En esta pobreza se manifiesta la gloria del cielo» (CIC, 525).

María al servicio de los demás

La misma actitud se ve en María tras la adoración de los pastores: “guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.»

“Es la humildad profunda de la fe obediente de María, que acoge en sí incluso lo que no comprende del obrar de Dios, dejando que sea Dios quien le abre la mente y el corazón”. De ahí que Isabel pueda decir: “Bienaventurada la que ha creído en el cumplimiento de la palabra del Señor” (Lc 1, 45), y por eso la llamarán así todas las generaciones

La fe nos dice, entonces, que el poder indefenso de aquel Niño al final vence el rumor de los poderes del mundo”

 

En el cuarto de los Misterios Gozosos recordamos La presentación de Jesús y Purificación de María

En el cuarto de los Misterios gozosos recordamos La presentación en el Templo

«Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarlo, se le dio el nombre de Jesús, como lo había llamado el ángel antes de ser concebido en el seno. Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la ley del Señor» (Lc 2, 21-24). «La circuncisión de Jesús, al octavo día de su nacimiento, es señal de su inserción en la descendencia de Abraham, en el pueblo de la Alianza, de su sometimiento a la Ley» (CIC, 527).

María purificadora

María no aparece ya como impura. No sube al templo para purificarse, sino para compartir el camino redentor de Jesús. María aparece como colaboradora de Jesús, compartiendo su camino al servicio del pueblo de Dios. No es mujer impura sino purificadora.

 

En el quinto de los Misterios Gozosos recordamos El Niño perdido y hallado en el Templo.

«Sus padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua. Cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al volverse, pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus padres. Y sucedió que al cabo de tres días, le encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles; todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas» (Lc 2, 41-47) «El hallazgo de Jesús en el Templo es el único suceso que rompe el silencio de los Evangelios sobre los años ocultos de Jesús. Jesús deja entrever en ello el misterio de su consagración total a una misión derivada de su filiación divina: «¿No sabíais que me debo a los asuntos de mi Padre?»» (CIC, 534).

María escucha, también en la oscuridad

La fe de María, señala Benedicto XVI, vive de la alegría de la anunciación, pero pasa a través de la niebla de la crucifixión de su Hijo, para poder llegar hasta la luz de la resurrección.

Por ello, el camino de nuestra fe, no es sustancialmente diverso al de María: “Encontramos momentos de luz, pero encontramos también pasajes en los que Dios parece ausente. La solución es clara: “Cuanto más nos abrimos a Dios, acogemos el don de la fe, ponemos totalmente en Él nuestra confianza –como María– tanto más Él nos hace capaces, con su presencia, de vivir todas las situaciones de la vida en la paz y en la certeza de su fidelidad y de su amor”. Sin embargo, esto significa salir de sí mismos y de los propios proyectos, para que la Palabra de Dios sea la lámpara que guía nuestros pensamientos y nuestras acciones”.

Cuando encuentran al Niño en el templo, después de tres días de búsqueda, él les responde misteriosamente: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que debo estar en las cosas de mi Padre”

Entonces, observa el Papa, “María debe renovar la fe profunda con la que dicho ‘sí’ en la anunciación; debe aceptar que la precedencia le corresponde al verdadero y propio Padre; debe saber dejar libre a aquél Hijo que ha engendrado para que siga su misión”.

Amigo mío: si tienes deseos de ser grande, hazte pequeño.
Ser pequeño exige creer como creen los niños, amar como aman los niños, abandonarse como se abandonan los niños…, rezar como rezan los niños.
Y todo esto junto es preciso para llevar a la práctica lo que voy a descubrirte en estas líneas:
El principio del camino, que tiene por final la completa locura por Jesús, es un confiado amor hacia María Santísima.
—¿Quieres amar a la Virgen? —Pues, ¡trátala! ¿Cómo? —Rezando bien el Rosario de nuestra Señora.
Pero, en el Rosario… ¡decimos siempre lo mismo! —¿Siempre lo mismo? ¿Y no se dicen siempre lo mismo los que se aman?… ¿Acaso no habrá monotonía en tu Rosario, porque en lugar de pronunciar palabras como hombre, emites sonidos como animal, estando tu pensamiento muy lejos de Dios? —Además, mira: antes de cada decena, se indica el misterio que se va a contemplar.
 —Tú… ¿has contemplado alguna vez estos misterios?
Hazte pequeño. Ven conmigo y —este es el nervio de mi confidencia— viviremos la vida de Jesús, María y José.

San Josemaría Escriba

Con la colaboración de:

Opus Dei, Devocionario

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