RECORRIDO PASTORAL

Don Adémar Booto Bompanga

El padre Adémar Booto Bompanga es un hijo espiritual de San Vicente de Paúl. Este miembro de la Congregación de la Misión, conocidos popularmente como padres paúles, nació y creció en un pueblo de lo que hoy es la República Democrática del Congo. Vivía junto a la parroquia, que era llevada por estos misioneros, al igual que otras iglesias cercanas, por lo que desde niño asociaba el hecho de ser sacerdote con el de ser paúl. Fue así como se fue dando en él está llamada a la vida religiosa.
Don Adémar Booto Bompanga - sacerdote de la República Democrática del Congo - Beca de estudios CARF

Religioso paúl de la República Democrática del Congo

A sus 43 años, el padre Booto lleva ya 13 como sacerdote. Actualmente es párroco cerca de Kinsasa, y su labor como sacerdote le hace además ser un líder social en un país que es extremadamente pobre. A su trayectoria pastoral en África une su experiencia en España, a donde llegó para estudiar Derecho Canónico en la Universidad de Navarra, permaneciendo allí durante tres cursos, lo que le permitió formarse para realizar una útil labor en la República Democrática del Congo y además conocer la cultura europea

En una entrevista con CARF don Adémar habla de su infancia, del papel de los misioneros paúles en su vocación así como la importancia de un sacerdote bien formado en países pobres como el suyo:

 

Don Adémar Booto Bompanga en la República Democrática del Congo, celebrando la Santa Misa

Don Adémar Booto Bompanga centro superior

¿Cómo es tu país, cómo se lo explicarías a una persona de España?

Yo soy congoleño de la República Democrática de Congo, diferente de la república del Congo: “El África tiene la forma de un revólver cuyo gatillo se encuentra en el Congo”. Es un país con una riqueza inmensa en su suelo y subsuelo, pero con una población pobre. En el centro de África, la RDC es el país de los bienaventurados Anuarite Marie Clémentine y Bakanja Isidore (beatos naturales del Congo nda).

¿Cuál es la salud de la Iglesia allí?

Los cristianos representan en la República Democrática del Congo más o menos el noventa por ciento de la población. La iglesia está muy viva y es influyente. Es ella la que está a la cabeza de la población en los momentos políticamente difíciles. De vez en cuando, la Iglesia ha estado en conflicto con el gobierno nacional, como recientemente sobre el salario de los maestros.

¿Es fácil ser sacerdote en el Congo?

No… Como en todas partes ser sacerdote tiene sus problemas aquí también. Sin ser por mérito propio de uno el ser sacerdote es siempre una gracia.

¿Cómo surgió su vocación al sacerdocio, y en su caso a la vida religiosa?

Nací en un pueblo, Iboko, cuyo centro es la parroquia de la “Medalla Milagrosa”. Mi casa estaba a un minuto de la iglesia parroquial por lo que conocía a todos los misioneros paúles extranjeros.

Me gustaba ver a los los estudiantes paules jugar al futbol. Las cuatro últimas parroquias de la Archidiócesis de Mbandaka-Bikoro las llevan los paúles. Nací en un lugar donde creíamos que ser sacerdote es ser paúl… Y en el penúltimo año del colegio me presenté al grupo de formación vocacional. A pesar de las muchas dificultades fui al seminario finalmente.

Usted estuvo varios estudiando en Pamplona, ¿Cómo fue su experiencia?

Nunca lo olvidaré. En el aeropuerto de Barajas aquel día del 22 de diciembre de 2014, en pleno invierno, era difícil encontrar a un francófono. Gracias a Dios, con un inglés retorcido un chico me acompañó hasta donde tenía que coger el autobús rumbo Pamplona vía Soria…. ¡Madre de mi vida! Una larga e interesante historia…

Lo cierto es que tuve la buena suerte de encontrar a una gente muy buena, empezando por los compañeros de mi comunidad y los que me acogieron en la de la iglesia de la Milagrosa de Pamplona. Tengo que recordar también a las Hijas de la Caridad y también a los conocidos de la universidad y otros amigos. Me ayudaron enormemente para que en poco tiempo aprendiera el castellano. Pamplona-Iruña, capital de la corrida, me abrió las puertas de España y las de Europa. Estoy muy agradecido.

¿Qué es lo que más le llamó la atención de estos años de estudio y de estancia en la Universidad de Navarra?

Sobre todo la formación que allí se imparte, la competencia de los profesores, el ritmo de trabajo…

Desde su experiencia, ¿en qué aspectos de su ministerio puede ser más útil y práctica una buena formación por parte del sacerdote?

La sociedad está evolucionando a una velocidad de crucero. Hay que tener más instrumentos para poderse poner al día. En la Universidad de Navarra me licencié en Derecho Canónico y donde hay “sociedad eclesial” se necesita el Derecho canónico.

En un país pobre donde las necesidades son tantas, ¿es realmente tan importante que el sacerdote esté bien formado?

Claro que sí. En los países como el nuestro la predicación de la palabra de Dios es importante. Además, es aún más importante ser capaz de involucrarse en el desarrollo de la sociedad. Y eso necesita una buena formación. El sacerdote lo maneja “todo”…

«Ser padre paúl significa trabajar para la formación del clérigo, buscar la propia santificación e involucrarme para un cambio sistémico de los pobres.»

Don Adémar Booto Bompanga

¿Cuál es su labor actualmente?

Hace unos meses me nombraron párroco en Maluku, un municipio cerca de Kinshasa, la capital. Soy responsable de una escuela y asesor en algunas cuestiones canónicas privadas. No hay asuntos sobre los cuales el párroco no pueda asesorar en la parroquia: cuestiones relativas a los conflictos, a la familia, a los estudios, a las enfermedades, a la criminalidad, etc.

¿Podría contarnos cuáles han sido sus mejores momentos como sacerdote y alguna anécdota que hayas vivido en este tiempo?

Después de la ordenación sacerdotal, el 3 de agosto de 2008, fui a mi pueblo para las primicias. Después de las primicias me trajeron vacas y cabras a título de regalos. Me parecía a un granjero. Y sin ser una pretensión en los lugares en los que me han destinado me llevo bien con la gente.

Y alguna otra anécdota…

En una de mis primeras visitas pastorales a un pueblo fui solo en moto. El sendero era muy cerrado, con hierba tupida. Llegué al bosque y encontré un gran árbol caído.

Los pájaros de las 5 y pico de la tarde que anuncian la caída del día empezaron a emitir sus sonidos. Intenté atravesar por donde estaban las ramas. Me caí por primera vez y la moto también. Además la moto era más pesada que yo. Me vino la idea de gritar para pedir ayuda, pero me dije que al gritar eso podría ahuyentar al que se acercara, con la idea de salvarse a sí mismo de un peligro…

Tomé fuerzas, me levanté, cogí la moto pesada y de repente una segunda caída… Me reí de mí mismo. Por fin salí de aquel obstáculo tras un esfuerzo enorme. Cuando oyeron el sonido de la moto casi a las siete de la tarde, los fieles en la desesperanza total, gritaron de alegría: hacía ya siete años que no veían a un sacerdote…

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