RECORRIDO PASTORAL

Don Daniel Mejía Fuentes

Sacerdote de la diócesis de Santa Ana, en El Salvador. Don Daniel Mejía Fuentes nació hace 30 años en la ciudad que da nombre a esta sede episcopal, la segunda más importante de este pequeño país tras la capital.
Don Daniel Mejía - sacerdote de la Diócesis de Santa Ana (El Salvador) - Beca de estudios CARF

Uno de los aspectos que más llama la atención sobre Don Daniel Mejía es su propia familia, repleta de monjas y frailes, por lo que su vocación religiosa no sorprendió demasiado en su entorno. Además, reconoce que está llamada sí se fue fraguando en el seno de una familia tan religiosa como la suya.

En dos periodos de su vida ha pasado por Pamplona para estudiar. Primero como seminarista en el Colegio Eclesiástico Internacional de Bidasoa y ahora ya como sacerdote para la Licenciatura en Teología Dogmática en la Universidad de Navarra. En ambas ocasiones la ayuda de CARF le ha permitido poder formarse en España.

En una entrevista con esta fundación, el padre Mejía habla de su vida, de cómo fue madurando su vocación, de su doble experiencia en España y de por qué es importante la formación para un sacerdote joven como él. Descubramos a Don Daniel Mejía.

Don Daniel Mejía con el obispo, Monseñor Miguel Ángel Morán Aquino

Don Daniel Mejía en la biblioteca de la facultad de teología en Pamplona

Don Daniel Mejía en una procesión en la Diócesis de Santa Ana (El Salvador)

¿De dónde proviene usted, padre Mejía?

Soy de El Salvador. Es un pueblo muy creyente, de mucha tradición religiosa, donde aflora siempre la piedad popular, considero que es un tesoro que hay que custodiar mucho. Hemos tenido la desgracia de una guerra civil que ha marcado mucho la historia reciente, pues ha dejado mucha pobreza, orfandad, viudez y una economía quebrada, cuyo efecto inmediato es la violencia de las maras y el narcotráfico, como también la corrupción política que ha empobrecido más a la sociedad.

Con una historia reciente de este tipo, ¿Cómo es el catolicismo de los salvadoreños?

A pesar de todo esto, el pueblo salvadoreño nunca ha perdido la fe, al contrario, el ejemplo de sus mártires ha llevado a superponer la tristeza ante el gozo de la salvación de Cristo. La Iglesia que peregrina en mi tierra está viva, con ansias de Dios, con ganas de ganarse el cielo cada día. No cuesta ser pastor con un pueblo así, amo a El Salvador, por eso estoy dispuesto a darme por entero a su servicio, en lo que Dios disponga.

Remontémonos algunos años atrás, ¿Cómo surgió en usted la llamada al sacerdocio?

Mi vocación sacerdotal nace en el seno de mi familia, pues por la gracia de Dios son muy creyentes y practicantes. Desde pequeño recuerdo que me fueron inculcados los valores de fe, el amor al prójimo y las cosas de Dios.

Tengo un tío sacerdote, Fray Santos Fabián, de la Orden de los Franciscanos Menores, dos tías religiosas, Sor Fania de las Hermanas Bethlemitas Hijas del Sagrado Corazón de Jesús (RIP) y Sor Catalina del Socorro de las Hermanas Franciscanas de la Inmaculada Concepción, los tres son hermanos de mi padre. Y Sor Evangelina de las Hermanas Franciscanas de la Purísima Concepción, hermana de mi abuela.

Toda una familia con mimbres para la vocación religiosa…

Siempre estuve rodeado de gente muy santa, recuerdo que para las fiestas familiares siempre había frailes y monjas. Mi madre recuerda que cuando yo tenía cinco años dije por primera vez que quería ser sacerdote. Y verdaderamente esa semilla plantada desde entonces por Dios fue creciendo en mí en la medida en que yo también crecía.

Don Daniel Mejía - sacerdote de la Diócesis de Santa Ana (El Salvador) - Beca de estudios CARF

En su etapa como seminarista, padre Mejía, estudió en Pamplona en el Colegio Eclesiástico Internacional Bidasoa y años después de su ordenación sacerdotal le tocó volver a Navarra para seguir estudiando

¿Cómo ha sido la experiencia?

Después de cinco años de ministerio sacerdotal en mi diócesis, Dios ha querido por medio de mi obispo, Monseñor Miguel Ángel Morán Aquino, que vuelva a Pamplona para continuar mi formación sacerdotal. Estoy realizando los estudios de licenciatura en Teología Sistemática, en la opción Dogmática, en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra.

Ha vivido esta experiencia además en plena pandemia, ¿no?

Le cuento cómo inició esta aventura: era octubre de 2019 cuando comenzamos tres sacerdotes de Santa Ana la documentación necesaria para solicitar la beca, con el beneplácito de nuestro obispo. Más no sabíamos que pronto llegaría la pandemia del Covid 19 y con ella una serie de dificultades, que por la gracia de Dios pudimos superar.

Primero el estado nacional de alarma, las iglesias cerradas, nada de culto, confinamiento total. En El Salvador el Gobierno decretó que uno por familia podía salir a comprar y hacer diligencias necesarias, yo me ofrecí en mi familia -aunque viví siempre en la parroquia-, prefería arriesgarme yo antes que mis padres y hermanos, además yo tenía un coche (que luego vendí para poder pagar las facturas y la alimentación de mi casa y algo para el vuelo).

En este ambiente, la Embajada de España estaba cerrada. Luego abrió, pero con el mínimo de labores. Se acercaba el tiempo de viajar, buscamos vuelos, eran escasos y caros, aeropuertos cerrados, etc. Nos concedieron la visa española con la ayuda de un benefactor. Compramos al fin un vuelo para el dos de octubre -fecha que me pareció providencial-, pero la alegría nos duró poco, ese vuelo fue cancelado, como los siguientes cuatro. Al fin cancelamos ese vuelo de Iberia y compramos otro, que la Embajada española promocionaba, un chárter para europeos y estudiantes. Claro eso requería más dinero, pero la seguridad de viajar era más favorable.

Al fin pudimos viajar el diecinueve de septiembre en ese vuelo, con mucho temor a ser contagiados. Nos incorporamos a clases, un poco tarde, es verdad, pero al fin, luego de tanta aventura y de providencia de Dios estábamos ya en Pamplona y en clases. Solo Dios sabe el motivo por el cual quiso que viajase a Europa en media pandemia para estudiar. Sin embargo, estoy seguro que un propósito tiene.

¿Merece la pena todo este esfuerzo y sacrificio para seguir formándose como sacerdote?

Volver a las aulas de la facultad de teología me supone, a parte de un nuevo reto, un volver a casa, tantos conocimientos allí aprendidos, tantas amistades forjadas, tanto estudio hecho oración. Es un reencuentro con amigos y hermanos, con los formadores y los profesores… ciertamente la óptica, desde la que hoy veo, es distinta, he madurado como persona, considero que aprovecho más la formación y todo lo que me brinda la Universidad.

Y una cosa que me encanta de la Facultad es que ya no es sólo recibir una serie de contenidos en clases, sino que me inculcan el estudio e investigación personal y responsable, como el pensar la teología e ir dando pequeños pasos en el gran saber teológico. Es apasionante verse de pie delante del inmenso mar de la Teología, con ansias de querer conocer y comprender, amar y orar, enseñar y explicar.

Don Daniel Mejía - sacerdote de la Diócesis de Santa Ana (El Salvador) - Beca de estudios CARF

Dada su experiencia, ¿por qué es importante que un sacerdote reciba una formación como la que ha podido disfrutar en la Universidad de Navarra?

Un sacerdote bien formado hace un mayor bien a la Iglesia, no solo en el ámbito pastoral, sino en el formativo. Creo que las diócesis tienen que promover más la formación profesional del clero, es necesario que haya sacerdotes doctores en las ciencias sagradas, si bien la gracia de Dios siempre actúa en toda circunstancia, mejor sería que sobre eso repose una conciencia e inteligencia bien formada. La teología que aquí enseñan es excelente, y que haya sacerdotes de todo el mundo aquí es bueno. Significa que lo que aquí se siembra luego se cosechará por el orbe entero.

Un sacerdote bien formado es capaz de formar bien a sus fieles, y así llevar la recta doctrina a tantos ámbitos seculares, por ejemplo, la vida política y profesional. Los conocimientos de una licenciatura o doctorado de un clérigo pueden ser de mucha ayuda en su diócesis, ya sea en la formación sacerdotal de los seminaristas, como la atención a universitaria y de tantas obras pastorales de las parroquias.

Don Daniel Mejía, usted estuvo como seminarista en Pamplona y ahora ha vuelto como sacerdote, ¿Cuál ha sido su labor entre estos dos momentos?

Mi experiencia sacerdotal de estos seis años ha sido rica y abundante. He sido vicario parroquial de San Esteban (Texistepeque), donde serví como diacono, recién llegado de España y luego como neopresbítero. Allí dejé las primicias de mi sacerdocio. Luego de la Parroquia Inmaculada Concepción de María (Atiquizaya), el pueblo que más he querido, y donde más acompañado y amado me he sentido por los fieles.

Por último, de la parroquia Santa Lucía (Santa Ana), aquí aprendí mucho tanto del párroco como de los fieles, pues trabajar en la ciudad es distinto a la labor que se realiza en las parroquias rurales, pero siempre hermoso. También he sido profesor de Teología de la Universidad Católica de El Salvador, de la cual obtuve el título de licenciado en Ciencias Religiosas en 2019.

«A los benefactores del CARF, Muchas gracias por su ayuda a la Iglesia, sin ustedes no podríamos dedicar nuestra vida a las labores pastorales propias de la formación. No se cansen de servir a Dios en este ministerio, no sabemos a cuantas almas están ayudando en Asia o en América, en África o en Europa, sin duda alguna a muchísimas. Gracias por ayudarme a corresponder de la mejor manera a la llamada de Dios en mi sacerdocio, su labor es digna de admiración, trabajan y rezan por nosotros y sin conocernos. Yo sólo puedo decirles muchas gracias por todo. A la vez que les prometo tenerles siempre en mi patena y en mis oraciones diarias.»

Don Daniel Mejía Fuentes

¿Cuál ha sido su mejor momento como sacerdote?

Los mejores momentos de mi ministerio ocurren cada día que celebro la Santa Misa, cuando atiendo en el confesionario, cuando ejerzo mi ministerio en los sacramentos, nada se compara a tal alegría y satisfacción, nada. Servir a Dios y a los fieles es mi vida, mi alegría, mi todo. No me veo no siendo sacerdote, aquí soy feliz, Dios no me ha quitado nada, me lo ha dado todo.

¿Ha habido malos momentos?

También llegan, pero los he abrazado con amor y superado con la ayuda de Dios. ¿Qué vida hay que no tenga dificultades? Es hermoso que el Señor te haga participe de su cruz, aunque a veces no se comprenda el propósito de Dios. Si pusiera en una balanza mis experiencias buenas y malas creo que por montones ganan las buenas. Ser sacerdote es apasionante, es una alegría del corazón, Dios te elige para ser suyo, para vivir en su casa, para ser Él en medio de las ovejas. Para mí los problemas y dificultades son una caricia de Dios y un recuerdo de que Él ha pensado en mí.

Con apenas 30 años, ¿Cuáles son los retos para un sacerdote joven en un mundo secularizado como el que vivimos?

Para un joven sacerdote como yo en estos tiempos tan revueltos se le presentan muchos retos por delante. Quisiera decirle a cada sacerdote joven que hoy más que nunca hemos de ser luz en medio de las tinieblas; que hoy más que nunca la gente necesita nuestra fidelidad, responsabilidad y perseverancia; que hoy más que nunca la gente necesita signos sensibles de salvación, de recuerdo de la existencia de Dios.

La tarea es ardua, difícil, pero la gracia de Dios va por delante. Basta que seamos sacerdotes de Jesucristo al cien por cien y que hagamos lo que la Iglesia nos encomiende con santidad, fe y amor. Es importante tener las ideas claras de la doctrina de la fe para no cometer errores ni causar confusión en las personas. Debemos recordar que sólo somos administradores, el depósito de la fe no es nuestros, sólo lo cuidamos y administramos.

Que ninguna vocación se pierda

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