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RECORRIDO PASTORAL

Don Evarist Guzuye, canciller en Tanzania

Evarist Guzuye es párroco y director de una escuela, a la vez que secretario del obispo de Kigoma (Tanzania), canciller de la diócesis y otros importantes cargos. Lo hace con pasión porque sabe que es la voluntad de Dios; entrega que aprendió siendo niño gracias a unos misioneros y a sus padres.
Recorrido pastoral del padre Evarist Guzuye, canciller de la diócesis de Kigoma (Tanzania)

Don Evarist Guzuye, el niño que quería entregarse por entero a la Iglesia y hoy es pilar indispensable de su diócesis

El padre Evarist Guzuye es un pilar fundamental que sostiene a la diócesis de Kigoma, situada en la frontera occidental de Tanzania y bañada por el lago Tanganica, uno de los más grandes del mundo. En su país, los católicos representan el 30% de la población, superados ligeramente por protestantes y musulmanes.

Este sacerdote de 42 años es una persona literalmente entregada a la salvación de las almas, pues de otro modo es complicado explicar cómo es capaz de realizar tantas labores en su diócesis. Es el párroco de Janda y el director de una escuela de Secundaria situada junto al templo. Pero además es el secretario del obispo Mlola y el canciller de la diócesis de Kigoma. Pero la cosa no acaba ahí, pues igualmente es vicario judicial, miembro del Consejo Presbiteral, del Colegio de Consultores, del de Asuntos Económicos y del de Educación…

«No ha sido fácil, ni lo será. Es una misión pesada, pero dulce porque si las cosas son así es porque hay una razón», explica con sencillez el padre Guzuye en una entrevista con la Fundación CARF.

Desde 2016 compagina la mayor parte de estos cargos, por lo que la organización de su vida es clave para lograr ejercer todos ellos diligentemente. Así lo explica: «Comencé a dividir la semana en dos partes, desde el lunes por la mañana o el domingo por la tarde hago el viaje para ir a la Curia donde permanezco hasta el miércoles por la tarde. Desde el jueves ya estoy en la parroquia para encontrarme con los fieles, y por las tardes del jueves y del viernes hago cosas relacionadas con la escuela. Mi vida ha sido así hasta ahora».

¿Por qué el obispo le ha elegido para tantas responsabilidades? La respuesta pasa por la extensa formación que este sacerdote ha recibido en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz en Roma, donde pasó dos etapas gracias a sendas becas del CARF. La primera como seminarista en el Colegio Eclesiástico Internacional Sedes Sapientiae, donde obtuvo la licenciatura en Teología, y después, ya residiendo en el Colegio Sacerdotal Altomonte, para lograr la licenciatura en Derecho Canónico.

Don Evarist Guzuye es un enamorado de la Iglesia, cuya vocación descubrió gracias al ejemplo de los Padres Blancos que ejercían como misioneros en su parroquia. Aquel niño es ahora sacerdote y eje central de su diócesis. Y en esta entrevista con la Fundación CARF profundiza en su misión:

Don Evarist con algunos profesores y compañeros en Roma.

Celebrando la Santa Misa en Tanzania.

Don Evarist llevando la palabra de Dios por la diócesis de Kigoma.

¿Cómo nació tu vocación al sacerdocio?

Nací el 14 de agosto de 1980 en el seno de una familia de fe firme. Mi padre era catequista y hasta ahora lo es. Gracias a la buena educación de mis padres aprendí las raíces de la fe desde niño.

En este ambiente, gracias a que mi padre era muy amigo de los sacerdotes, a menudo venían a casa a visitarnos. Entonces nuestra parroquia estaba bajo el cuidado y dirección de los misioneros de África (Padres Blancos) y me asombraba verlos en nuestra zona. Me preguntaba cómo los hacían venir a nosotros dejando las buenas condiciones de vida que tenían en sus países europeos. Poco a poco comprendí que era el celo por las almas y el amor a Dios y a la Iglesia lo que les llevaba a dedicar su vida al servicio de las almas de África, en este caso en Kigoma.

Desde ese momento sentí el deseo en el corazón de ser sacerdote para ofrecerme al servicio de Dios y de la Iglesia con una entrega total como lo hacían los misioneros. Y así en 1997 entré al seminario menor hasta que al fin ingresé al seminario propedéutico. Con la ayuda de Dios, llegué a recibir la ordenación diaconal y sacerdotal.

También estudiaste en Roma. ¿Qué recuerdos guardas de esa época?

Guardo hermosos e imborrables recuerdos de Roma. Conocer a seminaristas y formadores de diferentes naciones en el colegio y en la universidad es algo que siempre apreciaré. Recuerdo el primer día que llegué a Roma al aeropuerto de Fiumicino. Mi formador del Colegio vino a recogerme acompañado de un nuevo seminarista chino que ni siquiera sabía bien inglés. Simplemente nos sonreímos. Yo estaba acostumbrado a ver a los chinos en mi país construyendo las carreteras, pero ahí me encontraba con uno que tenía la intención de ser sacerdote. «¡Oh, qué cosa más bonita y extraña!», me dije.

También me alegró el poder visitar diferentes lugares en Roma y fuera de la ciudad. Por otro lado, tengo grandes recuerdos de asistir a las Santas Misas presididas por el Santo Padre. Incluso pude hacer un servicio durante la celebración de la Santa Misa del Papa Benedicto XVI cuando aún era seminarista. También, recién ordenado sacerdote en la clausura del Año de la Fe, fui elegido para recibir la exhortación apostólica Evangelii Gaudium de manos del Papa Francisco en nombre de todos los sacerdotes ordenados en 2013.

Viendo especialmente su caso, ¿qué importancia le da a una buena formación de cara al desarrollo de su labor pastoral?

Los conocimientos que adquirí en Roma dentro y fuera de clase me son actualmente de gran utilidad en mi trabajo como secretario del obispo y canciller.

La persona de hoy no es la misma que la de hace 100 años. Hoy el mundo es en realidad más pequeño, pues existe la posibilidad de que muchas personas tengan información y conocimiento de muchos asuntos. Por tanto, quien aspire a ser sacerdote tiene el deber de formarse bien en todos los campos, precisamente para guiar al hombre de hoy hacia Dios, para ayudar a distinguir al Creador y a la Creación, y a comprender verdaderamente que la ciencia nunca puede reemplazar a Dios.

La buena formación que recibí primero de mis padres, y luego del seminario Sedes Sapientiae en mis últimos años antes de ser sacerdote, me dio el coraje para enfrentarme a este mundo. Creo que es realmente necesario, de otro modo sin formación sería difícil ser pastor.

«A los benefactores del CARF quisiera renovarles mi agradecimiento por acompañarme en mi formación sacerdotal desde el segundo año de Teología hasta el último año de la Licenciatura en Derecho Canónico. No perdieron lo que pagaron para facilitar mis estudios, sembraron una buena semilla. Hasta ahora doy gracias a Dios, estoy feliz de ser sacerdote y me dedico enteramente al servicio de Dios y de la Iglesia. Tengo muchos compromisos en la diócesis, pero sirvo al Señor con alegría».

Don Evarist Guzuye, canciller en Tanzania

¿Cuál ha sido su mejor momento como sacerdote?

El momento más hermoso lo vivo cuando realmente me encuentro como puente entre Dios y el hombre en el momento de la celebración de los sacramentos y los sacramentales. A veces, debido al excesivo trabajo y tantos compromisos como párroco y canciller de las diócesis, estoy cansado pero cuando veo que mi cansancio es en beneficio de muchos que esperan mi servicio, para mí se convierte en el momento más hermoso.

¿Y el peor?

Nunca me he quejado ni me he arrepentido de ser sacerdote de mi querida diócesis de Kigoma. Es muy cierto que hay situaciones que se convierten en dificultades y desafíos en la misión, como ver a las mismas personas que siempre reciben la predicación pero que no dan ningún paso adelante en la vida espiritual. Siguen igual como si nunca hubieran oído hablar del Evangelio, pero esto me llama a seguir con mi misión.

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