RECORRIDO PASTORAL

Monseñor César Alcides Balbín Tamayo, obispo de Cartago, Colombia

Filósofo, teólogo, profesor, experto en administración y negocios con un MBA... y también obispo. Este es el rico y variado perfil de monseñor César Alcides Balbín Tamayo, obispo de la diócesis colombiana de Cartago, de la que tomó posesión hace apenas unos meses, el 8 de diciembre de 2021. Antes fue pastor de la pequeña diócesis de Caldas.
Monseñor Balbín Tamayo - Obispo de Cartago - Colombia - CARF

Monseñor Balbín, la apuesta por una recta formación para luchar contra los enemigos de la Iglesia

Monseñor Balbín Tamayo tiene casi 64 años y un amplio bagaje. Antes de ser obispo estuvo dos años en Roma donde logró la licenciatura en Teología Moral en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz gracias a una beca de CARF. A su vuelta a Colombia siguió formándose. Se licenció en Filosofía y Ciencias Religiosas para después trasladarse a España para obtener un MBA en la Escuela de Administración de Empresas de Barcelona (EAE).

Su propia experiencia personal le ha hecho valorar enormemente la importancia que tiene para los seminaristas, y también para los sacerdotes, recibir una buena y constante formación integral. El beneficio, según lo pudo vivir él mismo, no es solo para la persona que cursa estos estudios sino para la Iglesia en la que vive y a la que sirve.

Ahora pastorea una diócesis de algo más de 400.000 fieles para la que cuenta con algo más de ochenta sacerdotes, y que se enfrenta a importantes desafíos como la secularización, el peligro de las sectas o un relativismo que no para de aumentar. Por ello, destaca el papel que una buena y sana doctrina puede tener para frenar estos ataques y proteger así al pueblo que Dios le ha encomendado en Cartago.

En esta entrevista con CARF, el obispo Balbín Tamayo habla de su peculiar llamada al sacerdocio y su gran experiencia en la Universidad de la Santa Cruz en Roma, pero donde también hace un repaso de la Iglesia Católica en Colombia.

 

Monseñor Balbín en la diócesis de Cartago.

Monseñor Balbín con los jóvenes de la comunidad.

Monseñor Balbín con compañeros de estudios en Roma.

Apenas lleva unos meses como obispo de Cartago, ¿cómo recibió el nombramiento por parte del Papa?

Con alegría, ciertamente, también con responsabilidad, y no puedo decir que con temor y temblor, tras siete años como obispo en la diócesis de Caldas, una diócesis más pequeña cuya sede está en el área metropolitana de Medellín.

Cartago, en el norte del valle del Cauca, es un departamento de una gran tradición agrícola, de cañaduzales y también productora de café. Es una diócesis maravillosa. Por eso ante el nombramiento del Papa me sentí halagado de poder pasar a una jurisdicción que tiene una mayor tradición. Sesenta años estamos cumpliendo ahora en esta diócesis creada por san Juan XXIII.

Monseñor Balbín Tamayo, ¿Cómo es la diócesis de Cartago de la que usted es ahora su pastor?

La diócesis de Cartago es una diócesis de unos 4.000 kilómetros cuadrados, con 54 parroquias, y 82 sacerdotes. Tiene abundantes comunidades religiosas femeninas y también unas cuantas masculinas que buscan en Cartago su buen clima, pues se dice que Cartago tiene el sol más amable de Colombia. Es un clima agradable.

La diócesis es muy tradicional por su clero, su formación y sus muchos movimientos apostólicos. Tiene una muy buena estructura, digámoslo así… Y todo esto gracias a su primer pastor, monseñor José Gabriel Calderón Contreras, pero también gracias a los otros obispos.

¿Cuáles son sus prioridades ahora como obispo de Cartago?

Pienso que deben estar con el clero. Necesita cohesión, necesita un pastor que guie, que oriente, que sea cercano, al que se le pueda llegar y hablar con tranquilidad y con sinceridad. Es una de mis prioridades. Pero también la cercanía a los fieles, que esperan siempre poder acercarse al obispo, poderle saludar. Y me parece interesante. Es un trabajo maravilloso.

Y, ¿cuáles cree que son los mayores peligros?

Los peligros a los que se enfrenta la Iglesia en Cartago son los mismos que tiene la Iglesia colombiana y también la Iglesia Universal. Por ejemplo, podemos hablar del relativismo, hablar un poco de la frialdad en la fe, de las secuelas que nos han dejado estos años de Covid. Luego está también el peligro de las sectas, el peligro de las redes sociales, que siendo también un instrumento válido para la evangelización, también en ocasiones se constituyen en un gran reto porque no dejan de tener sus peligros.

¿Cómo es la salud del catolicismo y de la Iglesia en Colombia en estos momentos?

Es complicada, aunque el catolicismo sigue siendo mayoritario en el país. Pero lo que decía antes, las sectas siguen siendo un peligro, el relativismo, una cultura que no es propiamente provida… Son riesgos para el catolicismo en el mundo entero, pero también para nuestra Iglesia colombiana.

«Les quiero decir que hacen un trabajo estupendo, maravilloso. Ese apoyo es necesario y hay que seguir haciéndolo. Es necesario proveer de recursos, de oración incesante por las vocaciones y por los sacerdotes en este campo de la formación. Yo también tengo un profundo agradecimiento porque contribuyeron a mi estadía y formación en Roma, en la Universidad Pontifica de la Santa Cruz. Lo hicieron con una caridad inusitada»

Monseñor César Alcides Balbín Tamayo, obispo de Cartago, Colombia

Una pregunta de su madre le marcaría de por vida

Ahora quisiera hacerle una pregunta más personal, ¿cómo se fue fraguando en usted su vocación al sacerdocio?

Siempre cuento como una anécdota maravillosa el recuerdo estupendo de una pregunta que mi madre me hizo cuando yo apenas tenía nueve o diez años. Me preguntó si quería hacer mis estudios de bachillerato, lo que llaman ahora high school, en un seminario. Le pregunté: “¿qué es un seminario?”. Me dijo: “allá es donde se forman los que van a ser sacerdotes”. De ahí me quedó siempre ese deseo de conocer el seminario, el deseo de modelar una respuesta concreta a esa pregunta de mi madre. Así se fue fraguando mi vocación.

Tuve que terminar mis estudios secundarios y ni siquiera en ese momento se dio la ocasión, porque ese año falleció mi padre, aunque yo ya estaba listo para ir al seminario.

Entre tanto fui a trabajar a Medellín a una institución bancaria y me desempeñé como empleado bancario por dos años. Más tarde asistí a la primera misa de un seminarista que dirigía los grupos juveniles de mi parroquia y que vino al banco a invitarme. Ahí se produjo el toque final que me dio el Señor para que yo ingresase en el seminario de Santa Rosa de Osos, que es mi diócesis de origen. Fueron siete años maravillosos de seminario.

Los formadores eran eudistas (Congregación de Jesús y María) y recibí de ellos buen testimonio y gran ejemplo. Guardo hacia ellos una profunda gratitud. Mis primeros años de sacerdocio fueron como vicario parroquial, luego el señor obispo me pidió colaborar en el seminario menor con los chicos internos, en ese entonces. Fue una experiencia maravillosa de cuatro años en el seminario menor con chicos que tenían de 10 a 16 o 17 años.

Usted estudió en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz de Roma, ¿cómo fue su experiencia allí?

Fue en ese momento cuando mi obispo me ofreció ir a estudiar a Roma, fue él mismo quien pensó en la Santa Cruz. Yo no había pensado en ninguna. Entonces me dijo que iría a la Universidad de la Santa Cruz, a la universidad del Opus Dei. Fue una experiencia maravillosa allí. Fue de esas experiencias ricas, de las que marcan para toda la vida. Tanto es así que, cuando voy a Roma, siempre paso por la Universidad de la Santa Cruz. Y si es tiempo de vacaciones igualmente paseo por allí. Hago el recorrido incluso a pie desde el colegio leoniano, donde yo vivía, hasta la Santa Cruz, porque son recuerdos maravillosos.

Pude conocer allí mucho más de la Obra, a muchos más sacerdotes, una universidad con sacerdotes de todas partes del mundo, japoneses, coreanos, asiáticos, bastantes africanos, latinoamericanos, norteamericanos, en fin, una experiencia rica.

La lección que sacó Monseñor Balbín Tamayo de su paso por Roma

¿Qué destacaría de esta universidad pontificia?

La seriedad investigativa de sus profesores, la seriedad para impartir las clases… También la preocupación por nosotros los sacerdotes en todos los campos: en el espiritual, el académico y también en la acogida en la universidad. Es necesario decir que se nos pedía siempre ir a la universidad con nuestro distintivo sacerdotal. Íbamos todos organizaditos muy bien como presbíteros, era estupendo.

¿En qué le ha servido en su ministerio sacerdotal y ahora episcopal la formación que recibió en la Universidad de la Santa Cruz?

En mucho. Mi especialidad fue en Teología Moral y siempre me ha servido en mis ministerios: en la confesión, en la disciplina… Además, Roma abre un horizonte mucho más amplio de Iglesia que te sirve también en las relaciones con los sacerdotes y los seminaristas.

En fin, es una riqueza, aunque estuve sólo dos años, pues tenía situaciones familiares y en la diócesis que me hicieron regresar pronto. Así estuvo determinado. Pero esos dos años me sirvieron bastante.

Dada su extensa experiencia dentro de la Iglesia, ¿por qué cree que es importante que los sacerdotes reciban una buena formación como la que recibió en Roma?

Es importante, ciertamente, que reciban una buena formación, tanto en el seminario, como ya siendo presbíteros en alguna universidad pontificia e incluso en otros campos. Al regresar de Roma pude hace una licencia en Filosofía y Ciencias Religiosas, y una especialización en Gerencia y Administración de negocios en Barcelona. Esto me ha ayudado mucho.

¿Por qué la formación en la Santa Cruz? Primero por el aprecio, por los sacerdotes de la Santa Cruz y su respeto hacia la iglesia, el Papa y sobre todo al Magisterio de la Iglesia, un respeto profundo al Magisterio. Es muy importante esta recta formación eclesiástica, teológica, filosófica y en otros campos que esta universidad ofrece.

Después, he podido enviar algunos sacerdotes, también a Navarra. Siempre quedan esas puertas abiertas para continuar en este camino…

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