Desde Egipto hasta Roma, pasando por París

Samuel Armnius es un seminarista, y desde joven sintió cómo Dios se metía dentro de él. Estudia Teología en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz y muestra su agradecimiento por el ambiente familiar y la formación espiritual y humana que está recibiendo.

Me llamo Samuel Armnius, soy seminarista de la diócesis de Bayona (Francia) y estudio Teología en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz.

Mis padres, de origen egipcio, después de haberse casado se trasladaron a París, donde nacimos mis cuatro hermanos y yo. La fe que mis padres nos trasmitieron desde la infancia ha dado muchos frutos, que hoy se manifiestan en dos hermanas monjas, mi hermano sacerdote y yo, seminarista.

Desde pequeño me daba cuenta de cómo la presencia de Cristo en mí se hacía más y más fuerte. Cuando terminé los estudios en el colegio, decidí iniciar una carrera en la Universidad de la Sorbona de París, y me licencié en Derecho y Contabilidad.

Al terminar quise abrir una consultoría especializada en Organization and Management, porque quería ayudar a las personas a desenvolverse en la complicada burocracia francesa. Mientras tanto, sentía que la presencia de Cristo seguía aumentando. Sentía más su llamada; estaba naciendo mi vocación al sacerdocio.

Crecimiento personal

Así fue como, después de algunos años pasados en el seminario en Francia, me encuentro ahora por los pasillos de esta Universidad en Roma. En tan solo unas pocas semanas me he dado cuenta de lo acogedor y, al mismo tiempo, de lo serio que es este ambiente. Aquí, tanto el crecimiento espiritual como el teológico, además de la dimensión personal, se sitúan en la base de su enseñanza.

Además, el hecho de contar con un ambiente tan internacional hace que mi perspectiva sobre el mundo cambie y se haga más positiva. Mi estancia romana, apenas comenzada, está siendo muy provechosa e interesante, debido al clima familiar que se respira en el seminario donde vivo, el Colegio Eclesiástico Internacional Sedes Sapientiae. Puedo afirmar que se ha convertido en mi segunda casa.

La comunidad copto­ortodoxa, de la cuál provengo, ha sido para mí un ejemplo único de simplicidad y de amor en la relación con Cristo. Desde que era adolescente, recuerdo vivamente cómo, en muchas ocasiones, los coptos tuvieron que enfrentarse a ataques terroristas en sus iglesias, que en la mayor parte de los casos tenían como objetivo derrumbarlas.

Después de uno de estos ataques, recuerdo haber escrito, a través de Facebook, a mi tía de El Cairo para saber cómo se vivían esos momentos. Me sorprendió su respuesta al decirme que la comunidad se estaba organizando para reunirse a las puertas de una de estas iglesias y velar por los responsables del acto. De este modo, querían manifestar el amor y la misericordia de Cristo hacia todos.

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