Religiosas de las Hijas del Fiat estudian en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz

Sara Catalina Betancur Marín y Elvira Arango Garcés son dos religiosas de la Comunidad de las Hijas del Fiat, fundada el 31 de diciembre de 1996, institución apostólica y contemplativa. Su carisma se centra en dar a conocer el «fiat de la Santísima Virgen, su humildad y trasmitir la alegría de la obediencia a la voluntad de Dios». Actualmente, estudian en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, en Roma. 


Sara Catalina estudia bachillerato de Teología. Nació en Jericó, Colombia, en una familia tradicionalmente católica. «La certeza de mi vocación religiosa llegó en el momento en el que tenía todo lo que materialmente me podía dar felicidad: estudiaba Administración de Empresas, tenía muchos amigos, juventud, libertad… y, sin embargo, tenía un gran vacío en mi corazón que nada ni nadie podía llenar. A través de esa experiencia existencial Dios me dio la certeza de que solo en Él podía encontrar el sentido de mi vida. Ingresé a la Comunidad a punto de cumplir 17 años y ahora que han pasado 16, puedo decir que soy feliz, Dios ha hecho obras grandes por mí», relata la religiosa a los benefectores de CARF.

Elvira estudia Derecho Canónico y también cuenta su vocación:  «Vengo de una familia  católica, pero no particularmente practicante. Estudié en un colegio de religiosas (las Bethlemitas) donde descubrí en mí un particular amor hacia Dios, un deseo de permanecer con Él y, para ello, procuraba tener momentos de soledad para buscarle. De niña recuerdo asistir a la Misa dominical en familia, pero con el paso del tiempo cada uno decidió como vivir su fe y yo decidí vivir la mía como lo hace la mayoría, sabiendo que Dios existe pero teniéndolo al margen de todo, solo lo buscaba en momentos de necesidad o tristeza, estos últimos eran muchos». 


Una universidad pública secularizada

Elvira inició estudios superiores en una universidad pública, «bastante secularizada y hasta atea, lo que produjo en mí un distanciamiento más profundo de mí fe. Comencé a experimentar una pérdida del sentido  de la vida. Por otro lado, mi mamá fue diagnosticada con una enfermedad neurodegenerativa y comenzamos a buscar diferentes maneras de afrontar la situación, medicina tradicional, medicina alternativa y, finalmente, buscamos ayuda espiritual. Ese fue mi momento para volver a Dios», cuenta.

Poco a poco, fue despertando en ella el deseo de aprender más sobre la Iglesia y de vivir una vida sería y sacramental. «Comencé a asistir a Misa diaria con mi novio, que era católico practicante y que fue de gran ayuda en todo este proceso. Me fui adentrando en una vida de oración, de búsqueda constante de la presencia de Dios y de evangelización, ya que nació en mí el fuerte deseo de que todos experimentarán lo que yo, que se acercaran a Dios, que pudieran encontrar esa paz que hacía desaparecer la tristeza y esa sensación constante de vacío y sin sentido», expone Elvira. 


«Volví a escuchar la voz de Dios» 

En el silencio de la oración volvió a escuchar la voz de Dios que le llamaba a unirme a Él de una manera más plena. «Mi respuesta no fue inmediata, le hice esperar hasta terminar mis estudios de postgrado e, incluso, haber cumplido cierto tiempo de experiencia profesional. Terminar mi noviazgo no fue tampoco algo fácil pero, finalmente, con el valor y la gracia que sólo Dios puede dar, fui capaz de dejar todo atrás e iniciar un camino de unión perfecta con Él». 

Actualmente, ambas religiosas viven una vida de comunidad religiosa en la institución a la que pertenecen cuya misión es la evangelización y el punto de partida de su acción apostólica son los retiros espirituales para personas de diferentes edades y condiciones. Así mismo, se dan a conocer a través de los medios de comunicación, el teatro, la música y la danza religiosa.

Los retos de Colombia 

Ambas explican que Colombia es un país paradójico, rico y a la vez pobre, piadoso y a la vez violento, un país tradicionalmente católico, pero en ocasiones esa fe es superficial, con algunos grupos emergentes anti-cristianos.
«El gran desafío es ofrecer una profunda vida espiritual que permee la familia, la vida publica, las instituciones, que sea coherente y dé una consistencia verdaderamente cristiana», señalan.

Por eso, uno de sus retos es la formación que juega un papel muy importante, el conocimiento de la persona humana, de la doctrina de la Iglesia, la evangelización y todo aquello que permita un encuentro con Jesucristo que no sea simplemente una religiosidad popular, que, siendo en si misma es muy buena, sin formación resulta claramente insuficiente.