Siyabonga Banele: De niño de la calle a seminarista

Siyabonga Banele Ndlovu es un joven sudafricano de 24 años que arrastra tras de sí una dura historia de sufrimiento tras haber sido maltratado por su padre alcohólico, haber quedado muy pronto huérfano de madre y acabar viviendo en la calle con sólo seis años. Sin embargo, nunca se rebeló contra Dios ni cuando estuvo varias semanas en coma a punto de morir. Hoy es seminarista, estudiante en la Universidad de la Santa Cruz en Roma gracias a una beca del Centro Académico Romano Fundación (CARF), organización que ayuda a sacerdotes y seminaristas donde la Iglesia sufre persecución o es pobre.

Escribe su testimonio:

Las vidas de muchos santos son un testimonio de que, cuando Dios tiene grandes planes contigo, Él quita de tus manos y de tu corazón todas las cosas a las que te has aferrado de tal manera que solo tienes a Él y a Su voluntad como la única cosa para aferrarte. Dios te despoja de todas las cosas mundanas para revestirte con su vestidura de esplendor.

Soy el último hijo de una familia de cinco hijos, tengo tres hermanos y una hermana. Nací el 20 de febrero de 1994. Nací en una familia católica devota. Mi madre era una mujer musical hasta sus últimos momentos en esta tierra el 25 de noviembre de 1999, cuando hizo que sus colegas acompañaran su alma con uno de sus himnos católicos favoritos “Ngingowakho Jesu wami”, que se traduce “Soy tuyo, mi Jesús”. … ”: tan pronto como terminaron el himno, ella dejó que su alma volviera al Señor.

Mis padres, devotos católicos como eran, tenían problemas en su matrimonio, entre los que destaca el consumo de alcohol de mi padre, lo que resultó en un esposo y padre abusivo. 

Después de la muerte de mi madre los hermanos más pequeños tuvimos un problema de alojamiento, por lo que se vio conveniente que mi hermano mayor y yo nos mudáramos a vivir con una de mis tías (de mi lado materno), en otra ciudad, la más grande de mi región, Durban. Fuimos un poco como los israelitas liberados de Egipto, ya que nos encontramos en el desierto, pues otra vez nos encontramos en las manos de otro padre alcohólico y abusivo.

Después de poco tiempo en su casa, mi tío nos echó a la calle a mi hermano y a mi. Al hacerlo, no nos dejó otra opción sino la de tener que vivir en la calle: sí, ¡era un niño de la calle con 6-8 años! Supongo que la pregunta más razonable sería: ¿y dónde estaba la tía? O bien: ¿qué hizo la tía al respecto? Respuesta: ella era una ama de casa y por eso necesitaba salvarse la vida, y ella sabía mejor cuánto mal tendría que enfrentar por parte del marido si hubiera mostrado alguna resistencia. Obviamente, su esposo no usaba el dinero para el funcionamiento de la casa, y no había mucho que ella pudiera haber hecho al respecto, de modo que aprovechó el subsidio que recibía de nuestro hermano en nuestro nombre y lo usó para compensar él que su marido se gastaba en alcohol.

Niños de la calle 

Siendo niños de la calle, mi hermano y yo tuvimos que adaptarnos a la vida viciosa de la calle y eso se convirtió en una norma para nosotros: hacíamos casi todo lo que hace un niño que vive en la calles sudafricanas. Lo único que nos distinguía de los demás es que íbamos a la escuela, no necesariamente porque éramos niños tan responsables que veíamos el valor en la educación, sino porque ir a la escuela era claramente la forma más fácil para conseguir la para el día y la noche, así que éste fue nuestro ‘maná’ en el desierto en el que nos encontrábamos. 

Milagrosamente, nuestro rendimiento académico y deportivo era muy alto por ser niños de la calle. Aún más: era mejor que él de niños de nivel social más alto que el nuestro,  y eran la mayoría si no todos, considerando el hecho de que se trataba de una escuela multirracial privada. Debido a eso, la escuela no tenía motivos para privarnos de la educación ya que nuestras tarifas escolares estaban caducadas.

Desde el desierto, el Señor logró mostrarnos la tierra prometida. Finalmente nuestro hermano mayor (en aquella época yo estaba convencido de que él era mi padre) se enteró del tipo de vida que estábamos viviendo. Llegó a la conclusión de que se estaba engañando a sí mismo al pensar que estábamos viviendo una vida digna, en un hogar decente, ya que nos daba una asignación mensual y los resultados de la escuela nunca sugerían lo contrario.

Un accidente de coche 

Dios finalmente obró sus maravillas y yo entré exultante en la tierra prometida. Me mudé otra vez a Ladysmith para quedarme con otra tía. Aquí es donde Dios empezó a comunicarme lo que realmente quería de mí y aquí finalmente entré en contacto con la fe. Tras la formación católica, los niños recibimos el sacramento de la santa comunión y luego me convertí en un monaguillo. 

El 2011 fue el año de la JMJ en Madrid, y fui elegido para ir como representante de la escuela. El 9 de julio, el día anterior de que se me entregara el visado, alrededor de la medianoche, tuvimos un accidente automovilístico, y Dios llamó a mi hermano con sus dos hijos. Seis almas se perdieron en este accidente y dos sobrevivieron: Dios siempre tiene su plan sobre nosotros que nunca entenderemos. Estuve en coma durante dos semanas y esto me hizo imposible ir a España. Los planes de Dios conmigo se manifestaron incluso en mi estado inconsciente. 

Supongo que el fuego simplemente había llegado a ser demasiado grande para que lo contuviera dentro de mí, después de tal milagro que Dios realizó para mi supervivencia. Tuve una operación exitosa. Dios puso su mano en mi vida porque estuve en el hospital 6 semanas debido a las múltiples lesiones que sufrí (heridas en la cabeza y en la mano, cubeta, radio, fracturas múltiples de fémur, todas en el lado derecho).

Su vocación 

En mi último año de estudios, comencé a presentar mi solicitud en mi diócesis con la ayuda de mi maestro de colegio. Envié cuatro solicitudes, tres dirigidas al director de vocaciones de la diócesis y la cuarta dirigida al obispo: las solicitudes no tuvieron éxito, mejor dicho que nadie me contestó. La única a la cual le contestaron fue la dirigida al obispo, donde se me recomendaba representar la misma solicitud a las tres direcciones desde las que no recibí respuesta ninguna. Como nunca recibí más comentarios o respuestas de la diócesis, pensé presentar solicitudes también a las universidades civiles, para estudiar medicina, o derecho como segunda opción. El año escolar se había terminado y esperaba los resultados finales de mis exámenes.

Hasta que llegó el día en que el obispo de la Diócesis de Eshowe, donde se encuentra la escuela de Eshowe, distinta de mi diócesis de procedencia, vino para confirmar a algunos de mis compañeros. Para mi sorpresa, Dios había decidido que manifestaría su voluntad sobre mí, mi vocación a través de la persona de este obispo. Esa tarde, me llamó mi maestro de colegio y  me dijo que acababa de recibir una llamada de la Curia y el obispo estaba buscando a un Banele Ndlovu en particular. No entendí lo que eso significaba, ya que el único contacto que tuve con ese obispo fue el año precedente cuando me confirmó, estaba más que seguro de que no sabía quién era yo. A mi llegada, el obispo fue muy directo y me preguntó sobre mi vocación. Yo no hice nada más que decirle toda la verdad. Al escuchar mi historia, me propuso que considerara una solicitud en su diócesis. Lo hice y tuve la oportunidad de visitarlo en su residencia y, de esa manera, Dios me manifestó dónde quiere que sirva o viva esta vocación que me ha confiado.

Luego supe que el trámite de esta manifestación de Dios fue mi tutor en la escuela, quien le había contado al obispo las dificultades que tuve en ser admitido en mi propia diócesis. Y  así fue como el obispo me conoció y me llamó. En aquella época él mismo, mi tutor, estaba estudiando filosofía en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz.

Y así llegué a Roma, a la Pontificia Universidad de la Santa Cruz. Dios me dijo: “toma tu cruz y sígueme, aunque sea en la otra parte del mundo: haré que tu carga sea liviana”. Aquí es donde tengo la suerte de estar ahora y recibir mi formación en el Collegio Ecclesiastico Internazionale Sedes Sapientiae, gracias al esfuerzo de mis bienhechores que me compensan de tanto sufrimiento en mi vida.

De hecho, Dios realmente te despoja de todas las cosas mundanas si realmente intenta hacer grandes cosas contigo para la gloria de Su nombre.