Un camino de conversión: de familia atea, se bautizó como luterana. Hoy es católica

Reena Tolmik tiene 35 años y es de Estonia. Su historia de conversión es una aventura. De familia atea, pidió ser bautizada en la Iglesia luterana a los 10 años de edad por iniciativa propia. Pero fue en su juventud cuando se convirtió al catolicisimo después de un largo camino de reflexión y oración. Estudia en la facultad de Comunicación de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz. Nos cuenta su conversión. 

«Crecí en una familia no cristiana en Estonia. La fe era para los débiles y los poco inteligentes. Las únicas señales de fe que vi cuando era niña fueron las de mi abuela quien rezaba detrás de las puertas, y una vecina anciana que pasaba todos los domingos en bicicleta para ir a una iglesia luterana distante de su casa. Pero desde pequeña nunca dudé de la existencia de Dios, y hablaba con él desde pequeña aunque nadie lo sabía. Por eso, a los 10 años deseaba que me bautizaran pero tenía mucho miedo de pedírselo a mis padres, pero lo hice. Mirando hacia atrás, tengo mucho que agradecerle a mi madre que, como no creyente, no dijo “no” ante la petición de un niño. Ella me llevó a la iglesia y allí fui bautizada. No tenía padrinos, simplemente porque a nadie le interesaba. No había ningún creyente en el círculo familiar ni en el vecindario que entendiera el significado de ser un padrino. Fui bautizada en una iglesia luterana, que era la única iglesia en el área. Desde niña asistí regularmente a la funciones: yo sola, no tenía a ningún amigo cristiano con el que compartir mi fe, ya que no había jóvenes entre los que iban a la iglesia. Mi primer contacto con los cristianos de mi edad fue en el monasterio de Taizé cuando tenía 20 años. El conocimiento de la fe y de la Biblia de aquellas personas me impresionó. Me sentí inspirada por el hecho de ser testigo de su amor a Dios y me di cuenta de lo poco que sabía, de lo poco que ponía en práctica y de lo poco que amaba. Fue el comienzo de mi conversión, pero ni siquiera lo sospeché.

Era una protestante que nunca tuvo la intención de convertirse al catolicismo. Sin embargo, a pesar de tomar parte activa en mi parroquia luterana, asistía a la Catequesis Católica para adultos, solo para entender “lo que estas personas hacen en la Iglesia Católica”. Aparte de eso, también me reunía mensualmente con un obispo católico para recibir orientación espiritual. Me encantaba tener un guía espiritual y pude ver grandes beneficios para mi alma y mi vida de oración. Como él nunca abordó el tema de la conversión, me sentí más cómoda. Solo había una cosa que me pedía: considerar confesarme.

Sin embargo, eso era ciertamente algo que ni siquiera consideraba. “¡No, no! ¡Tengo mi relación con Dios y a Él mismo le confieso mis pecados!”. Ésta fue mi respuesta al obispo. Unos meses más tarde, cuando se acercaba la Semana Santa, recibí una gracia especial y un deseo de confesar mis pecados al Señor. Fue un punto de inflexión total en mi vida. Examiné mis pensamientos, hechos, deseos, fracasos…Me di cuenta de que a pesar de que había asistido regularmente a la iglesia desde que era una niña, ni siquiera sabía qué es realmente un pecado. Finalmente, me presenté en el confesionario con varias páginas de pecados enumerados. No tenía idea de cómo confesar… Pero sabía que estaba en presencia del amoroso y misericordioso Señor, comunicándome con Él y escuchándolo.

En el momento de la absolución, entendí lo que me habían contado sobre el sacramento de la Reconciliación. Un amigo católico de Portugal me había animado varias veces a confesarme, contándome sobre la gracia que uno recibe a través del Sacramento. Pero nunca quise escucharlo, porque uno no puede entender realmente lo que no experimentó. Solo lo entendí cuando recibí la gracia yo misma. El perdón, la curación. Al salir del confesionario, supe que era el momento de mi conversión, a través del Sacramento de la Reconciliación, a través de un encuentro íntimo con el Señor.

 

Profundo amor al sacramento de la Penitencia 

Desde entonces tengo un profundo amor por este sacramento. He escuchado a muchas personas decir que no se confiesan porque lo ven como un castigo. Es una lástima que el significado y la importancia del sacramento de la reconciliación no estén claros ni siquiera para muchos católicos en nuestra sociedad secularizada. Porque el Señor nos está esperando en el confesionario no para castigar, sino para sanar, para tomar nuestra carga, para darnos vida. Porque su misericordia y amor es eterno. 

Meses más tarde, celebré la Primera Comunión y fui recibida en la Iglesia Católica. Tenía 30 años. Durante años sentí algo de vacío, tratando de llenarlo con mucha actividad en mi parroquia luterana, asistiendo a grupos de oración y organizando oraciones en la cárcel, etc. Pero sentía que me faltaba algo. Le di más tiempo a la Iglesia pero todavía me faltaba algo. El día de mi Primera Comunión me di cuenta de lo que me había estado perdiendo. Fue el Santo Cuerpo de Cristo.

Cuando me convertí a la fe católica, no conocía a nadie que fuera católico. Tampoco había oído hablar de la enseñanza católica en Estonia. Pero encontré una comunidad fervorosa y acogedora que da forma física con su devoción y alegría.

Contribuir a la misión de la Iglesia   

Tras su conversión, Reena comenzó un nuevo viaje: cinco años de estudios para la formación, el conocimiento y la conversión del corazón, para poder contribuir mejor a la misión de la Santa Iglesia. «Mi primer grado fue en Ciencias políticas, lo que de verdad me gustó. Después de participar activamente en la política en Estonia durante 15 años, mi deseo de comprometerme plenamente al servicio de la Iglesia se hizo cada vez más evidente. Esto me llevó a buscar y utilizar todas las posibilidades de formación, desde libros hasta retiros, conferencias y charlas. Siendo una conversa reciente, tuve mucho que aprender sobre la Iglesia. Sin embargo, en un momento me quedó claro que la única manera de obtener una formación adecuada para dedicarse a la misión de la Iglesia, era emprendiendo estudios universitarios». 

Sus estudios se han inspirado mucho al reflexionar sobre la vida de San Ignacio de Loyola, «quien en un momento determinado (justo a mi edad), después de haber sido arrestado y encarcelado repetidamente por enseñar la fe cristiana sin autorización, finalmente decidió estudiar, para poder ayudar a los demás. Su ejemplo me inspiró a dar más, a amar más y a aprender más». 

 Para elegir la Universidad Pontificia de la Santa Cruz en Roma, pasó por un serio discernimiento que, junto con la oración y los ejercicios espirituales acompañados de su director espiritual, incluía también reunir mucha información para decidir una profesión que correspondiera a la necesidad real de la Iglesia hoy.

«Como compartí mis pensamientos con mi obispo, él me recomendó la Universidad Pontificia de la Santa Cruz y el curso de Comunicación Social Institucional. También es cierto que al principio pensé que esta profesión no sería para mí. Fue solo a través del largo período de oración que pude ver claramente la voluntad de Dios para mí. Incluso si mi deseo era diferente al principio, el Señor me mostró la mejor manera, llenándome de alegría y paz porque no podía sentirme más en el lugar correcto». 

«Esta universidad tiene como objetivo acoger a cada estudiante como persona, los profesores están bien elegidos y capacitados, lo cual es muy apreciado por los estudiantes. Casi todos los profesores tienen doble doctorado, civil y eclesiástico. 

La Universidad Pontificia de la Santa Cruz ofrece a los estudiantes cursos sólidos y sistemáticos que preparan profesionales de la comunicación para las instituciones de la Iglesia. El programa es único y proporciona una comprensión profunda de la base teológica, filosófica y canónica de las enseñanzas de la Iglesia, así como la especialización en técnicas de comunicación teniendo en cuenta la identidad particular de las instituciones de la Iglesia. Aquellos que tomarán parte en la comunicación de la Iglesia deben adquirir habilidades profesionales en los medios de comunicación junto con formación doctrinal y espiritual».  

La Iglesia católica en Estonia

«La Iglesia católica en Estonia enfrenta enormes desafíos en el campo de las comunicaciones, especialmente en el contexto de una creciente secularización, materialismo e individualismo. Las comunicaciones sociales se han convertido para muchos en la principal fuente de información y educación. Cada vez más lo que la gente sabe está condicionado por los medios de comunicación, lo que le brinda a la Iglesia la oportunidad de evangelizar, pero al mismo tiempo de enfrentarse con los desafíos constantes de la desinformación. Teniendo en cuenta la situación, es necesario desarrollar la comunicación de la Iglesia y buscar la colaboración con profesionales en los medios seculares.

La Iglesia en Estonia necesita profesionales de la comunicación para tener éxito en la transmisión de la evangelización y la catequesis, para llegar a un público más amplio y para comunicar su mensaje de una manera adecuada a cada grupo de edad. Espero poder ayudar a la Iglesia Católica en Estonia. Sin embargo, como la Iglesia es universal y única, estoy abierta a seguir la voluntad de Dios donde sea que se necesite el servicio.

«Estonia fue uno de los últimos territorios de Europa en ser cristianizado. Después de la reforma, el catolicismo romano fue prohibido en beneficio de la Iglesia Luterana por 150 años. Más tarde, estando Estonia ocupada por varios regímenes, toda la religión organizada estuvo prohibida durante un largo período. La mayoría de los fieles católicos escaparon del país o fueron encarcelados y condenados a muerte. Durante el período soviético la importancia de la religión declinó dramáticamente. Bajo la política soviética de ateísmo estatal, la cadena de tradiciones religiosas se rompió en la mayoría de las familias.

 Hoy, Estonia, históricamente un país protestante, es uno de los países menos religiosos del mundo en términos de actitudes declaradas. Solo el 14% de la población declara que la religión es una parte importante de su vida diaria. Mientras hay un dominio de las Iglesias luterana y ortodoxa, la mayoría de las personas declaran no ser creyentes. Sin embargo, los estonios irreligiosos no son necesariamente ateos, últimamente el país ha sido testigo de un crecimiento de los seguidores del neopaganismo, de las creencias budistas e hindúes entre quienes se declaran “no religiosos”. Eso caracteriza otra tendencia que enfatiza el individualismo en asuntos religiosos.

El país tiene una comunidad muy pequeña de católicos: 6.000 que forman menos del 1% de la población. Estonia no tiene diócesis. La mayoría de la población no sabe nada o muy poco acerca de la enseñanza de la Iglesia Católica. La iglesia está luchando continuamente contra la crisis de las vocaciones. Casi todos los sacerdotes proceden de varios países europeos y latinoamericanos, mientras que el número total de sacerdotes para todo el país es inferior a 20. Las distancias a las parroquias son muy largas, ya que la Iglesia católica está presente solo en cinco grandes ciudades. Eso ha creado una situación en la que la Santa Misa, los Sacramentos y el Catecismo no están disponibles para la mayoría de los estonios. La iglesia católica más cercana a mi familia está a cinco horas de viaje. Ellos no harían el viaje y han permanecido sin bautizar, pese a que hayan recibido una semilla de fe.

Una posible explicación de por qué los estonios se sienten tan indiferentes hacia la religión organizada, podría ser el hecho de que la gran mayoría de las personas ha crecido sin información o formación acerca de la religión. Hoy en día, un porcentaje muy pequeño de niños crecen en familias cristianas. Como la fe no es transmitida por los padres, la tendencia predominante de la disminución de la afiliación crecerá por generaciones. Sin embargo, como los estonios todavía están dispuestos a bautizar a sus hijos, surge una oportunidad para la formación sólida de los padres y padrinos, y también de aquellos que son bautizados como adultos, lo cual es muy común en Estonia.

La educación religiosa en las escuelas sería el primer contacto con la religión para la mayoría de los niños. Pero como la educación religiosa actualmente depende de la elección de los padres, y la mayoría no está a favor, la generación más joven está creciendo en una especie de aislamiento que se empodera en el contexto de una sociedad secular. Sin embargo, desde el final de 2017, la educación religiosa es el tema de la discusión pública, ya que el Ministro de Educación afirmó que apoyaba que la educación religiosa fuera obligatoria en las escuelas.

 

Un desafío con el que se enfrenta la Iglesia en Estonia es hacerse oír. El uso de los medios de comunicación es ahora esencial en la evangelización y la catequesis, tanto para alcanzar a los fieles como a la sociedad en general, especialmente teniendo en cuenta el profundo secularismo y la pequeña cantidad de católicos que están dispersos por todo el país y separados por largas distancias. Como la Iglesia no tiene canales de comunicación y los medios de comunicación son seculares, y a menudo se le oponen, la Iglesia católica en Estonia no tiene voz en la sociedad. Como resultado, es más difícil comunicar la fe y la enseñanza de la Iglesia. Diría que la Iglesia católica es casi invisible en Estonia, al menos lo ha sido hasta la visita pastoral del Papa Francisco en septiembre de 2018. De hecho, la visita fue recibida con mucho interés positivo y curiosidad por parte de la sociedad y los medios de comunicación. Hizo que la Iglesia tomara conciencia de la población local y contribuyó a mejorar las relaciones con los medios del país.

Sin embargo, aunque la comunidad católica es muy pequeña, es fuerte y ferviente, acogedora y devota y da testimonio en la sociedad. El hecho de que los católicos se distribuyan también en áreas donde no hay Iglesia es un signo de esperanza para el futuro. La fe prevalece aunque no todos los católicos pueden realizar las normales actividades de fe debido a la distancia con las iglesias.