Un sacerdote en medio del conflicto armado en Colombia

Don Orlando Sánchez Celis estudia Comunicación Social Institucional en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz de Roma. Su primera responsabilidad como párroco fue en una región de Colombia donde nació una de las guerrillas más antiguas del mundo. Allí desempeñó su ministerio en un clima de conflicto social y que aún no se ha superado definitivamente. Cuenta su testimonio. 

 

TEJIENDO ESPERANZAS CON HILOS DE DOLOR: Sentires y pensares desde la vocación sacerdotal, en medio del conflicto armado en Colombia

«Soy Orlando Sánchez Celis, nacido en un pequeño pueblo llamado Tres Esquinas, Cunday de la región del Tolima en Colombia, siendo el menor entre 10 hermanos de una familia sencilla, humilde y trabajadora. Crecí como cualquier niño disfrutando de las oportunidades y quizás sufriendo con las limitaciones que se me presentaban en el contexto del momento, con muchas alegrías e igualmente con limitaciones. Admiraba los sacerdotes de mi parroquia que cumplían una misión extraordinaria en la comunidad, no solo en su oficio como ministros consagrados, sino que también eran profesores de educación religiosa en la institución educativa estatal. Como cualquier joven de un pueblo disfrutaba de los amigos, las escapadas de casa para estar con los amigos, pero también para ir a la Santa Misa.

Inquietud y alejamiento 

En los primeros años de mi adolescencia, recuerdo que íbamos siempre a la Santa Misa dominical en horas de la noche, luego íbamos a un local comercial para tomar un café y ver a las amigas y muchachas hermosas. Ya comenzaba a sentir el llamado del Señor, quizá valiéndose de mis debilidades humanas, me convocaba a sentir y pensar en una misión mayor. Recuerdo en mi vida escolar en clase de inglés, un ejercicio sobre profesiones colocaba que yo era un “priest”, quizás ingenuamente lo decía, tenía 12 años.

Dos o tres años siguientes experimenté en mi vida alejamiento y frialdad frente al tema religioso; no obstante, considero hoy, que Dios iba obrando y viéndome con ojos de bondad y misericordia. Por mis amigos entré al grupo juvenil a los 14 años, aunque lo hacía mas por ellos que motivado por la fe; comencé a ayudar al párroco con la Infancia Misionera y fue en esta experiencia de apostolado donde fui sintiendo cómo se disfrutaba del servicio.

Proceso vocacional 

Llegó luego una invitación a iniciar el proceso vocacional, pero la verdad tenía miedo, y aún de hacerlo público con mis amigos, pero fue una compañera de clase en el colegio quien me animó a aceptar la invitación. Descubrí luego que el Señor se valió de ella como instrumento para fortalecer mi respuesta, aún con el miedo juvenil y la timidez propia de la que podría suceder en el tejido de mi historia de vida. Ingresé al proceso de formación sacerdotal en el Seminario, una vez había finalizado mis estudios de secundaria, donde me formé como ser humano integral con un propósito de fe y de servicio hacia el ministerio sacerdotal.

Fui ordenado Sacerdote hace 13 años para la Diócesis de El Espinal en Colombia, ubicada en el centro del país y caracterizada por ser una región agrícola, afectada por el conflicto armado de más de 50 años y diversas situaciones de carencias materiales y dificultades de acceso. Inicié mi ministerio como vicario parroquial por dos años y luego como párroco 11 años en dos parroquias. Serví al seminario diocesano como docente en el área de filosofía los últimos 3 años.

Revoluciones armadas 

Mi primera responsabilidad como párroco fue en una región en donde nació una de las guerrillas más antiguas del mundo, en medio de movimientos y revoluciones armadas que se dieron en América Latina en situaciones de conflicto social y que aún no se ha superado definitivamente, pero que ha dejado tantos rostros de muerte, desplazamiento, violación de Derechos Humanos, injusticias, desigualdades sociales, odios y resentimientos que no son fáciles de sanar.

He visto y vivido en aquella parroquia alejada y campesina, experiencias que han suscitado diversas emociones y sentimientos en mi vida y que me han marcado y hecho madurar como persona y fortalecer mi vocación.

Cuando coloco el retrovisor a estas vivencias existenciales, pastorales y humanas, lo digo con sinceridad: no sé si aún lo he superado totalmente; son tantos recuerdos, dolores, sufrimientos, silencios, gozos, alegrías y satisfacciones que aún vienen a la mente y al corazón.

No obstante, hoy expreso gratitud al Señor porque me dio la fuerza y el valor para estar ahí, para ser una voz de aliento, de motivación y de esperanza a tantos sufrimientos de nuestra gente. Muchos de esos sentimientos, no podían ser expresados públicamente, muchas veces lloré en silencio ante Jesús en la Eucaristía, me sentía sin fuerzas e impotente ante tanto sufrimiento, como el día que entraron a urgencias a un soldado al hospital sin piernas y esquirlas por todo su cuerpo, por pisar una mina antipersona y fui corriendo a brindarle mi ayuda espiritual, cuando llegué después de ver esa escena, no paraba de llorar ante Jesús, duré como tres días.

Una madre llorando: «Asesinaron a mi hijo»

Recuerdo un mes de octubre del año 2010, cuando en la zona se dieron mas de 12 muertes por causa violenta, solo una natural, civiles, militares y guerrilleros entre ellos recuerdo dos jóvenes menores de edad pertenecientes a dichas guerrillas. Alguna vez me encontraba lejos, fuera del pueblo, que era muy distante de la sede diocesana, una madre llorando, llamaba a mi teléfono móvil a las 3:30 am. de la madrugada diciéndome: “Padre asesinaron a mi hijo”. Ella en algún momento me había hablado de él, estaba en las filas de las guerrillas y hacía un año largo no sabía de él, hasta ese día cuando recibió la trágica noticia del asesinato de su hijo en medio de un enfrentamiento con militares. Aquel joven estaba empezando a vivir con tan solo 21 años de edad.

Otra experiencia fue contraria, porque no fue la madre que me llamó para darme la noticia de la muerte de su hijo, sino fui yo quien comuniqué la trágica noticia, que aún pienso, no sé de dónde saqué fuerzas para hablar y abrazarla en esos momentos difíciles y escuchar de ella: “Padre qué he hecho yo en la vida, para tener que ir a recoger a mis dos hijos como unos perros”, pues ocho meses antes, otro de sus hijos había sido asesinado también por la guerrilla.

Como sacerdote se tiene que ser fuerte ante estas situaciones, solo Dios nos da la fuerza y el coraje, pero hay momentos que nuestra humanidad es débil y se experimenta el desánimo y la soledad.

Mis lágrimas rodaron por mis mejillas 

Recuerdo en una Santa Misa dominical a las 6:00 am. no aguanté más y mis lágrimas rodaron por mis mejillas durante la homilía hablando sobre el valor de la vida; días atrás en un domingo cuando iba a celebrar unas exequias, la guerrilla hostigó al pueblo y asesinaron un soldado. Una hora más tarde todo trascurría normal como si nada hubiese pasado, el comercio restauró sus actividades, música, todo seguía igual.

Al siguiente día otro asesinato de una persona delante de su esposa e hijas y de la comunidad, todo fue silencio, cerraron los negocios, las actividades se congelaron. En mi homilía, le decía a la gente, es que acaso ese otro soldado ¿no era persona, no tenía una familia, no tiene una madre que lo espera?, hemos perdido el valor del sentido de la vida, no los culpo, porque llevamos una guerra de mas de 50 años y nos acostumbramos a ver muertos y eso ya no nos sorprende… tuve que hacer una pausa, porque no podía continuar hablando.

Nunca tuve miedo 

Nunca tuve miedo, traté de ser prudente en muchas situaciones, recorrí siempre toda mi parroquia, hasta lugares donde el único acceso era ir a caballo, como lo fue Marquetalia, lugar donde nació la guerrilla de las FARC EP, y se realizó la muy conocida operación Marquetalia del año 1964 con un bombardeo a la zona, liderado por el gobierno de entonces, con el objetivo de sacar las guerrillas de la región.

La primera vez que visité aquel lugar histórico, conocido como el santuario de las FARC, me encontré con una escena donde la fuerza del amor y la ternura me envolvieron: al llegar a la escuela me esperaba el profesor, unos tres padres de familia, tres estudiantes, uno con una bandera de Colombia y el otro con la bandera del Vaticano, solo eran cinco estudiantes en total, los otros dos no habían ido ese día a la escuela porque eran de familias que no profesaban la fe cristiana católica, era una zona abandonada, pero con una riqueza humana impresionante.

El apoyo de mi obispo 

Aunque no tuve miedo, lo que sí sentí es que nunca estuve preparado suficientemente para ser esperanza en medio del conflicto, que no podía hacer mucho, eso en ocasiones, era lo que incrementaba mis sufrimientos, pero que no los compartía abiertamente con nadie porque vivía a siete horas de la sede diocesana,  y a veces me sentía aislado y en algunos momentos solos, aunque siempre sentí el apoyo de mi obispo, que recuerdo otra de tantas experiencias le llamé por teléfono y le puse a escuchar el sonar de las balas en un hecho que se dio antes de la Santa Misa.

En muchos momentos mi familia, aunque trataba de no comentar muchas cosas, fueron testigos oculares de muchas de esas experiencias cuando iban de visita en algún momento, un grupo de amigos sacerdotes a quienes superficialmente les comentaba algunas cosas, un amigo español que compartía algunas experiencias del conflicto y que fue y sigue siendo un apoyo. Fueron 5 años de vida y servicio en esta comunidad con gozos y tristezas ante tantas vivencias, dolores y lágrimas en el tejer humano y espiritual que hoy claman justicia, esperanza, reconciliación, paz y desarrollo social.

Pandillas y precariedad social  

La segunda parroquia a la que fui encargado por mi obispo era más urbana y central, pero no lejos de una problemática social manifestada en hechos como consumo y tráfico de drogas, hurtos, pobreza, desempleo, delincuencia, formación de pandillas, entre otros y en el que los niños, adolescentes y jóvenes son sus protagonistas.

Estas realidades me llevan precisamente a dimensionar y abrazar el sentido de la misión de la Iglesia que es grande y sólo desde una experiencia profunda y formativa en el Señor, nos dará la posibilidad de tener herramientas que contribuyan a afrontar los retos de nuestras comunidades, ser esperanza, especialmente a aquellas familias que como consecuencia del conflicto aún guardan en sus corazones dolor, resentimientos y aún en muchos crece la indiferencia a nuestro Creador.

Actualmente curso el primer año de Comunicación Social en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, gracias a una beca de CARF, viviendo esta experiencia que es una bendición para mi, no sólo por estar en esta ciudad como centro de la cristiandad, por la riqueza histórica, cultural, por la calidad de la educación, sino también porque me enseña desde esta dimensión pluricultural – religiosa a mirar mi país con un mirada más crítica, mi diócesis de manera diferente y a reconocer desde la comunicación, que estamos llamados con nuevas estrategias, con un lenguaje de amor, reconciliación y esperanza a trasmitir a Cristo a quienes han sido víctimas del conflicto a través de todas las formas de comunicación».