Vocación al sacerdorcio

«El Señor sigue llamando hoy para que le sigan. No podemos esperar a ser perfectos para responder con nuestro generoso «aquí estoy», ni asustarnos de nuestros límites y de nuestros pecados, sino escuchar su voz con corazón abierto, discernir nuestra misión personal en la Iglesia y en el mundo, y vivirla en el hoy que Dios nos da».

Mensaje de Francisco para la 55 Jornada Mundial de Oración por la Vocación al Sacerdocio

 

Qué es la vocación sacerdotal y cómo ver los signos

¿Qué es la vocación sacerdotal?

«Desde su nacimiento cada persona está destinada a la bienaventuranza eterna, al Cielo. Dios crea a cada uno con un propósito, con una misión. Esa misión es lo que se conoce como vocación.»
Catecismo de la Iglesia Católica, 1604, 1703

La vocación es un misterio de amor entre Dios que llama al hombre con amor y un hombre que le responde libremente y por amor. Es fundamental responder con generosidad para que la llamada de Dios crezca.

Sin embargo, la vocación al sacerdocio no es simplemente un sentimiento. Más bien es una certeza interior que nace de la gracia de Dios, que toca el alma y pide una respuesta libre. Si Dios te llama, la certeza irá creciendo en la medida de que tu respuesta vaya siendo más generosa.

La llamada a la vocación sacerdotal es para un hombre que quiere dedicar su vida a ayudar a sus hermanos a vivir cerca de Dios. Este hombre ha sido llamado para realizar un humilde servicio a favor de toda la humanidad: hacer de este mundo un sitio más santo y ser puente entre Él y los hombres.

Como decía San Josemaría: “cada caminante siga su camino”, el que Dios le ha marcado, con fidelidad, con amor aunque cueste. Surco, 231.

Al ser ordenado sacerdote: se recibe el Sacramento del Orden, quedando preparado para prestar su cuerpo y su espíritu, o sea todo su ser, al Señor. Actuará sirviéndose de él “especialmente en aquellos momentos en los que realiza el Sacrificio del Cuerpo y de la Sangre de Cristo y cuando, en nombre de Dios, en la Confesión sacramental, perdone los pecados. La administración de estos dos Sacramentos es tan capital en la misión del sacerdote, que todo lo demás debe girar alrededor.”

¿Todos tenemos vocación?

Sí, todos hemos sido creados por Dios con un propósito y un fin.

Dios ha querido para cada uno un proyecto único e irrepetible, pensado desde toda la eternidad: “Antes de formarte en el vientre, te elegí; antes de que salieras del seno materno, te consagré” Jeremías 1, 5

El Catecismo de la Iglesia Católica habla de la vocación a la bienaventuranza, en definitiva, a la santidad. A la unión con Dios que nos hace participar de Su felicidad y nos ama con totalidad y sin condiciones. La vocación común de todos los discípulos de Cristo es la vocación a la santidad y a la misión de evangelizar el mundo.

Dentro de esta vocación común, Dios invita a cada uno a recorrer la vida junto a Él por un camino concreto. A algunos los llama a la vocación sacerdotal, a otros a la vida religiosa, y a otros, los laicos, los llama a encontrarle en la vida ordinaria, ya sea viviendo el celibato o a través del matrimonio.

¿Todos tenemos vocación sacerdotal?

¿Cómo saber si tengo vocación sacerdotal?

Dios llama a todos y a algunos con una misión específica, pensada personalmente para ellos: «Cada uno por su camino», dice el Concilio. Cada creyente debe discernir su propio camino y sacar a la luz lo mejor de sí, aquello tan personal que Dios ha puesto en él (cf. 1 Co 12, 7), y no que se desgaste intentando imitar algo que no ha sido pensado para él.

La herramienta que tenemos los cristianos para descubrir nuestra vocación y si es esta la vocación al sacerdocio o no, es la oración. La oración es absolutamente necesaria para la vida espiritual. Este dialogo con Dios permite que el espíritu se desarrolle.

La oración para el discernimiento vocacional

En la oración se actualiza la fe en la presencia de Dios y de su amor. Se fomenta la esperanza que lleva a orientar la vida hacia Él y a confiar en su providencia. Y se agranda el corazón al responder con el propio amor al Amor divino, para comprender la llamada a la vocación sacerdotal.

Nuestro ejemplo es Jesús, que ora antes de los momentos decisivos de su misión. Con su oración, Jesús nos enseña a orar, a descubrir la voluntad de nuestro Padre Dios y a identificarnos con ella.

Además, como recomienda el Catecismo, en el momento del discernimiento vocacional puede ser de gran ayuda la figura del director espiritual, es decir, aquella persona a la cual nos podemos confiar y que, a través de sus consejos, nos ayuda a descubrir la voluntad de Dios y a luchar para ponerla en práctica. Catecismo de la Iglesia Católica, 2558, 2657, 2601- 2622

Lo primero es la oración: Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies.
(Mt 9, 38)

Signos vocacionales

  • Vida en Gracia 100% 100%
  • Gusto por las cosas de Dios 100% 100%
  • Ausencia de irregularidades o impedimentos 75% 75%
  • Renuncia Evangélica 80% 80%
  • Llamamiento del Obispo 90% 90%

El deber de suscitar vocaciones incumbe a toda la comunidad cristiana. En CARF apoyamos este compromiso.

En la vocación sacerdotal no hay reglas absolutas. Se puede, sin embargo, tener en cuenta algunos aspectos o rasgos generales que ayudan a discernir si un hombre está siendo llamado por Dios al sacerdocio.

El Derecho Canónico describe algunas señales de la vocación sacerdotal.

 

Vida en Gracias

Podemos decir que el fin último del ministerio sacerdotal es lograr que todos los hombres vivan en Gracia de Dios y así se salven eternamente. Para eso vivió, murió y resucitó Jesucristo, para darnos la Vida Eterna. No se trata de saber si, en teoría, la vocación al sacerdocio es más elevada que el camino común; sino de saber si yo, en la práctica, con mis cualidades concretas, serviré mejor al Señor en tal estado.

Gusto por las cosas de Dios

El gusto por las cosas de Dios, puede llegar súbitamente como un magnífico descubrimiento a partir de un encuentro con Cristo. O haberlo sentido toda la vida desde pequeños inculcado por nuestra familia:

Amor a la Iglesia:

El sacerdote trabaja tiempo completo por el Pueblo de Dios, toda su vida en una apasionada entrega a la Iglesia.

Amor a la Eucaristía:

La intimidad con Jesús Eucaristía es uno de los signos más claros del llamado al sacerdocio. Pasar largos ratos ante el Sagrario, participar gustosamente en la Misa, comulgar no tan solo los domingos, sino a diario si es posible, sería lo más lógico en el proceso hacia el sacerdocio.

Ausencia de irregularidades o impedimentos

Capacidad intelectual:

Para poder recibir y cumplir una formación sacerdotal para que asistir mejor a todas las personas que se encuentren en el ejercicio de su labor pastoral. 

Equilibrio emocional:

Cuando se tiene sobre los hombros la responsabilidad de una parroquia o la dirección de una escuela, cuando los problemas de la gente llegan por todos lados, cuando hasta las tentaciones acechan, es necesario poseer una ecuanimidad y un dominio de sí a prueba de todo.

Renuncia Evangélica: 

Tengo que aceptar al entregarme a Dios, la renuncia exigida por la práctica de los consejos evangélicos de una vida de castidad. Muchos cristianos, siguiendo el ejemplo de San Pablo, permanecían en el celibato para poder dedicarse completamente al servicio de Dios (I Cor.7,32-35). El candidato al sacerdocio es invitado a continuar viviendo la castidad del célibe cristiano, permanentemente, por el Reino de los Cielos.

Llamamiento del Obispo:

Se ha mencionado que el candidato, por su amor a la Iglesia, participa en el apostolado. Tal vez no lo reflexione ni se dé cuenta, pero el apostolado se convierte en el valor principal en su vida. Podemos decir que el celo apostólico es un signo y un camino de la vocación sacerdotal.

Vocación tardía al sacerdocio

El empeño por suscitar vocaciones corresponde a todo el pueblo de Dios y, de manera especial, a los obispos y a los sacerdotes.

 La vocación no entiende de edad, por eso existe la vocación tardía al sacerdocio. Si hace unas décadas lo habitual era que los seminaristas iniciasen su formación una vez finalizada la Secundaria, ahora hay quienes deciden ser sacerdotes tras haber terminado la carrera o después de varios años trabajando.

“¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y ves que tú estabas dentro de mí y yo fuera, Y por fuera te buscaba…”; es lo que escribe san Agustín en su Séptimo Libro de las Confesiones.

Cada uno tiene su propia historia y recibe de modo particular el llamado del Señor a seguirle. En mi caso, desde joven pertenecí a diversos movimientos y grupos de apostolado dentro de la Iglesia en mi país y a uno en particular, Encuentros Familiares de Venezuela, en el que estuve sirviendo a Dios durante varios años.

Curiosamente este movimiento se centra en la familia y en el compromiso personal para crear una familia futura. Hacia este camino estaba enfocado mi proyecto de vida, al tiempo que siempre sentí la presencia de Dios en mi proyecto profesional, lo cual me hizo creer que también eso era lo que Dios quería para mí.

Me gradué como Ingeniero de Petróleo y ejercí mi profesión en este campo y como Profesor Universitario. Estaba en la cumbre de mi proyecto profesional: mi familia estaba muy contenta con los resultados que había obtenido hasta el momento y mis amigos admiraban en cierta manera mis logros a tan corta edad.

Creía que esto sería lo que me haría plenamente feliz, pero en realidad no lo era. Me sentía un poco vacío y también sentía que estaba llamado a algo más.

Fue un golpe bastante duro darme cuenta de que mi proyecto había fallado a pesar del éxito que hasta el momento había alcanzado y fue entonces cuando emprendí una búsqueda, comenzando por decidir dejar en manos de Dios mi futuro y dejar que se hiciera su Voluntad en mi vida.

A partir de ese momento comenzaron a suceder diversos acontecimientos en los que vi claramente que el Señor me pedía una entrega total para seguirle: dejar mi empleo, profesión, estudios, incluso a mi familia.

La reacción de mi familia fue al principio de un severo rechazo. Obviamente ellos no entendían el cambio que iba a significar dejar todo lo que había construido durante años para emprender un nuevo camino.

Recordé una gran frase de San Juan Bosco que me hizo confiar más en Dios ante lo que estaba viviendo: “Cuando se trata de seguir la vocación, hay que estar dispuesto a sacrificarlo todo”. Entonces tomé la decisión de embarcarme en esta aventura de la vocación al sacerdocio y Dios se ha ido encargando poco a poco de poner todo en su sitio, acompañar a mi familia y ocupar el lugar que yo he dejado en ellos.

Lee la historia completa aquí.

Julio César Morillo Leal

Seminarista de la Diócesis de Cabimas, Venezuela

CARF y su compromiso con las vocación sacerdotal

El Centro Académico Romano Fundación, CARF,  actúa de enlace entre miles de almas generosas, dispuestas a contribuir económicamente con becas de estudio para que sacerdotes y seminaristas de todo el mundo reciban una sólida preparación teológica, humana y espiritual.

Más de 800 obispos de los cinco continentes solicitan anualmente plazas en las diferentes facultades y ayudas al estudio para sus candidatos.

Cada año académico (septiembre – junio), más de 200 seminaristas y aproximadamente 1.000 sacerdotes diocesanos, además de religiosos de más de 100 órdenes, reciben becas directas o indirectas para cursar sus estudios sacerdotales en las prestigiosas instituciones.

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